Muchos han vivido una dictadura, otros tantos también sufrieron las penurias de la posguerra e incluso algunos llegaron a soportar en pañales la crudeza de una Guerra Civil. La historia de nuestros mayores se compone de lucha, trabajo y esfuerzo por conseguir una vida digna para ellos y sus familias. Una vida que pensaban disfrutar plenamente cuando llegara la tercera edad. Unos lo han conseguido, pero otros han visto como su sueño se tambaleaba por la situación económica que atraviesa el país.

Según una encuesta del CIS realizada el pasado mes de septiembre, en la que la mayoría de los entrevistados fueron personas mayores de 65 años, el 21,8% admitía tener dificultades para llegar a final de mes y un 39,8% confesaba que llegaba muy justo. Una situación que la mayor parte de los entrevistados atribuye a la subida de los precios y la inflación, y a la que las personas de la tercera edad hace frente con unas pensiones paralizadas. No obstante, como en los demás grupos de edades, hay quien lo sufre más que otros.

“En la juventud es cuando lo hemos pasado mal, ahora vivimos como reyes”

Isabel y Ángel son un matrimonio de casi 90 años. Ángel tenía apenas 13 años cuando empezó a segar con la hoz, con 17 años trabajó durante dos en el ferrocarril, y finalmente sería una fábrica de madera la que contaría con sus servicios durante unos 40 años. Isabel ha dedicado su vida al cuidado de sus hijas y a las labores del hogar. Cobran una pensión de 780 euros, prestación que les permite disfrutar de una vida sin muchas dificultades y que dista mucho de la que conocieron de jóvenes. “En la juventud es cuando lo hemos pasado mal, ahora vivimos como reyes”, nos señalaban Pilar y Ángel. Este matrimonio asegura no haber llegado nunca apurados a final de mes ni haber notado la crisis, ya que como afirma Isabel, “lo están pasando mal los jóvenes que se quedan sin trabajo y con hijos, pero nosotros, como la pensión es la misma y el piso lo tenemos pagado, no lo notamos”.

Palmira cobra una pensión de viudedad desde hace 12 años. A día de hoy la cuantía de su prestación ronda los 900 euros y tampoco tiene que preocuparse por la hipoteca. Palmira, de 75 años de edad, como Isabel, dedicó su vida a ser ama de casa, mientras su marido trabajaba en Renfe desde que comenzara a los 16 años. Vive con sus dos hijos, quienes en esta mala etapa económica que atraviesa España pueden presumir de tener trabajo aunque “los sueldos son bajos” según Palmira. No obstante, cuenta que “afortunadamente” no tiene problemas para llegar a final de mes, “aunque sí que he tenido que ayudar con dinero a alguien de mi familia”.

 

A la hora de hacer la compra ninguno de ellos se rige por los precios, aunque según los datos recogidos para El Observador, sí se aprecian diferencias en el coste de los productos entre los supermercados y las tiendas de barrio. Productos de consumo diario como pueden ser el pan, la leche o la fruta, aumentan su precio en las tiendas de barrio una media de 30 céntimos. Así como también ocurre con los productos domésticos o de higiene personal. Aún así, en ambos casos se decantan por las tiendas de barrio porque el trato es “mucho más cercano”, como señalaba Pilar. “Yo voy a comprar lo que tengo en la cabeza, pero nunca me fijo en los precios”, afirmaba Palmira, quien también admite que prefiere comprar en tiendas de barrio por la confianza que tiene con los tenderos.

La otra cara de la tercera: el sueño truncado

Fotografía: Lucía Sevilla Mota
Foto: Lucía Sevilla Mota

El matrimonio formado por José y Conchi vive con una pensión que no llega a los 700 euros para los dos y “los que se van arrimando”, como nos apuntaba José entre risas. Esta pareja, no solo conoció de cerca, como la gran mayoría, la miseria y el sinsentido de la guerra civil española, sino que fruto de las dificultades que todo conflicto bélico brinda a la población civil, se vieron obligados a emigrar a Suiza. Allí trabajaron en un hotel durante tres años. No obstante, en España les esperaba su primer hijo, al cual tuvieron que dejar al cuidado de sus abuelos, por lo que en cuanto encontraron la oportunidad volvieron a España. Una vez aquí, y al igual que hicieron las mujeres anteriores, Conchi se quedó al cargo de la casa y su familia, que fue aumentando con el paso del tiempo. José, por su parte, dedicó el resto de su vida laboral a la carpintería.

 

En su caso, su pensión sí que se ha visto reducida los últimos meses al dejar de percibir los 80 euros que recibían de los años que Conchi estuvo trabajando en Suiza, aunque hace poco la agencia tributaria les comunicó que les iban a ser devueltos. “Con 600 euros estos últimos meses llegamos a fin de mes pero con mucho trabajo”, sostiene Conchi. A la hora de hacer la compra eligen el supermercado de al lado de casa por comodidad, aunque sí que miran los precios: “comparamos, buscamos lo que es más barato”. Sin embargo, según nos cuentan, es a la luz, al agua y al gas donde va a parar la mayoría de la pensión de este matrimonio ya que por “suerte”, también tienen su piso totalmente pagado. Aun así, la pensión no les permite darse ningún lujo. “Me he quitado de todos los caprichos menos de echar la partida”, declaraba Pepe. Por su parte, Conchi, confiesa que su único capricho es acudir a la peluquería un día a la semana, lo que le supone un gasto de 5 euros. Unos caprichos que se alejan del sueño que esperaban cumplir con la jubilación de José. “Me hubiera gustado que recorriéramos medio mundo una vez jubilados”, nos relevaba José.

Fotografía: Lucía Sevilla Mota
Foto: Lucía Sevilla Mota

No obstante, a pesar de ver sus expectativas sobre la jubilación trastocadas, lo que más les duele a esta pareja de pensionistas es no poder ayudar a sus hijos. Una de sus hijas y una de sus nueras se encuentran en paro, ambas con hijos a su cargo. “Me cuesta un sofoco no poder ayudarlas más”, afirmaba Conchi con tristeza. “No se puede comparar con nuestra juventud, aquello fue acabar una guerra y empezar otra. Pero son nuestros hijos y sufrimos mucho”, añadía José.

Otros jubilados y pensionistas comparten la visión pesimista que tienen José y Conchi de la tercera edad. César, a pesar de recibir 1.000 euros de pensión asegura que sus meses suelen hacerse cuesta arriba. Trabajó alrededor de 35 años como economista excepto algunos años en que fue comercial. Su mujer, sufre una enfermedad neurológica que le ha impedido seguir trabajando, y aunque ha conseguido hace poco la jubilación por invalidez aun no ha percibido la compensación económica que le corresponde. “Tenemos dificultades todos los meses para llegar a fin de mes”, afirma César, que cuenta como la hipoteca supone la cuarta parte del dinero que entra en casa. En cuanto al carro de la compra, César sí confiesa que ha visto como ha ido variando a lo largo de los años. “Sí se nota que, por ejemplo, el número de artículos que antes comprabas de marca, ahora se han visto reducidos y los buscas en marcas blancas o más baratas”, nos señalaba el ex-economista.

“Yo me imaginaba la jubilación de otra manera totalmente distinta”, nos despedía César, un jubilado de 70 años que se queja de haber tenido que prescindir de las vacaciones en verano desde hace ya un par de años, un capricho que el pensionista considera “bien merecido después de haber trabajado durante tantos años”.

La labor de las organizaciones sociales

Según datos del INE, el riesgo de pobreza entre los mayores de 65 años ha descendido desde que comenzara la crisis en 2008, situándose en el 12%. No obstante, estos datos pueden tener otra interpretación, y es que esta mejoría puede estar incentivada porque el resto de colectivos han empeorado notablemente en cuanto a la economía se refiere.

Las pensiones percibidas por las personas de la tercera edad no han descendido hasta la fecha, pero la vida de muchos de ellos ha dado un giro de 180º cuando la crisis ha afectado a sus familiares. En 2012, según El País, ya había más de 300.000 familias españolas en las que ningún miembro trabajaba y que sobrevivían gracias a la pensión de un jubilado. En estos dos años, esta situación no ha cambiado mucho. “Antes en cuanto el abuelo tosía o moqueaba se le metía a la residencia. Ahora que la familia se ha quedado sin trabajo hay que sacar al abuelo de la residencia para comer de su pensión”, nos apuntaba Antonio Villaseñor, presidente del Banco de Alimentos en Cuenca.

Antonio Villaseñor, presidente del Banco de Alimentos en Cuenca. Fotografía: Lucía Sevilla Mota
Antonio Villaseñor, presidente del Banco de Alimentos en Cuenca. Foto: Lucía Sevilla Mota

 

El Banco de Alimentos lleva funcionando desde el 2006 en la provincia de Cuenca, atiende a unas 8.000 personas y cuenta con 87 puntos de reparto diferentes, entre los que destaca el Centro de Mayores de San Pedro, del que también es director Antonio Villaseñor. En la primera fase de 2014 el Centro de Mayores contó con 2500 kilos de comida de “primerísimas marcas”, aunque como reconoce también su director, “ante el hambre no hay preferencias”. En este punto se atiende a 239 personas, de las cuales, la mayoría son ancianos que tienen que mantener a sus hijos y nietos, según nos cuenta Antonio. Un dato que llama la atención al Banco de Alimentos de Cuenca, ya que éste “siempre se ha nutrido de jubilados y prejubilados porque somos los que más tiempo libre teníamos”, explicaba Antonio. Pese a las necesidades de los propios ancianos, el presidente del Banco de Alimentos cuenta como aún siguen colaborando con parte de sus pequeñas pensiones en las campañas de recogida de alimentos que llevan a cabo. Una obra que les honra, ya que como cuenta Antonio la mayoría pertenecen a la clase media y según está la situación económica “los que un día están colaborando el año que viene puede que sean los que necesiten ayuda”.


A las personas mayores que formaban parte de familias normalizadas les cuesta mucho pedir ayuda

No obstante, la alimentación no es la única preocupación de muchos de nuestros mayores. Desde Cruz Roja se lleva a cabo un programa de préstamos de productos de apoyo como sillas de ruedas, andadores o muletas. Además, en ocasiones, y tras una valoración técnica, se proporcionan productos más personales, como puede ser un pastillero o una cuchara adaptada, a las necesidades de la persona que la solicita. Unas ayudas que se han visto incrementadas en el contexto de la crisis económica. Incluso, con este programa, cabe la posibilidad de ayudar económicamente si Cruz Roja no dispone del material solicitado. Las demandas de este tipo de ayudas se han visto incrementadas en el contexto de la crisis económica que atraviesa España. “Antes un andador, la mayor parte de las personas mayores se lo compraban y luego lo que hacían era todo lo contrario, una vez que no lo necesitaban no lo donaban a Cruz Roja”, nos contaba Marta del Pozo, directora del Departamento de Intervención Social de Cruz Roja en Cuenca.

Esta tarea que lleva a cabo la Cruz Roja en muchos casos resulta difícil ya que “a las personas mayores que formaban parte de familias normalizadas les cuesta mucho pedir ayuda». Por eso es muy importante la labor de los voluntarios, porque muchas veces son ellos los que detectan necesidades”, afirmaba Marta. Cuando la solicitud llega por iniciativa de los propios ancianos, las pretensiones son muy distintas a una mera prestación de productos, y es que el número de demandas también se ha visto incrementado porque “se están haciendo cargo de toda la familia, de sus nietos y de sus hijos». Entonces son muchos los que vienen a solicitar alimentos para toda la familia o ayuda de material escolar para sus nietos. «Porque han pasado a ser dos personas con una pequeña pensión a ser seis”, nos explicaba Marta.

Por otro lado, desde Cáritas, se lleva a cabo un programa de reparto de comidas a domicilio a las personas mayores, cuyo coste por comida diaria no supera los 6 euros, ya que “aproximadamente el 95% de las personas ayudadas tienen una pensión que oscila entre los 500-600 euros”, según cuenta Isabel de la Osa, responsable del reparto de comidas y del Departamento de Comunicación en Cáritas. Este programa consiste en el reparto de una comida abundante al día que cuenta con primer plato, segundo plato y postre. Pero el programa no solo ayuda en la alimentación de los ancianos sino que alivia la soledad que sufren la mayoría de ellos. La llegada de la persona que hace el reparto es motivo de alegría para estos mayores ya que en muchos casos supone “la única visita de todos los días”, sostiene Isabel. Y es que, tal y como afirma la trabajadora de Cáritas, “hay muchos tipos de pobreza y ser viejo ya es una necesidad, ya es una pobreza”, algo que les convierte en un grupo social aún más vulnerable ante la crisis.

Por tanto, vemos como una gran parte del colectivo perteneciente a la tercera edad ve cómo los últimos años de su vida pasan a merced de una situación económica que no promete mejoras a corto plazo. Pensiones congeladas, impuestos que no dejan de subir, unidades familiares que aumentan de un día para otro como consecuencia del paro… En definitiva, una serie de obstáculos que convierten el sueño de nuestros mayores en simples cenizas.

Fotografía: Cintia Álvarez Rubio
Foto: Cintia Álvarez Rubio

 

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