El cierre de Canal 9, de producirse, será el principio del fin de la hegemonía del Partido Popular. Y está bien que así sea después de 18 años de gobierno continuado del mismo partido. Pero también es el fin del primer intento de nuestra historia de tener un medio público de comunicación al servicio de los valencianos. Es la pérdida de una herramienta cultural concebida en sus orígenes como fundamental para el fomento de las señas de identidad valencianas.

“La decisión está tomada”, -dijo un temeroso Alberto Fabra ante las insistentes preguntas de los periodistas en el marco del gran premio de motociclismo- “Canal 9 se cierra”. Pero, ¿cómo ha tomado la decisión? ¿Por qué? ¿Ha medido sus consecuencias?Retour ligne automatique

Vayamos por partes. El motivo aparente de la decisión se basa en la revocación judicial del expediente de regulación de empleo, obligando a readmitir a los mil trabajadores ya expulsados. Una sentencia imposible de asumir por la Generalitat –dicen- por la falta de dinero y, ante la tesitura de cerrar colegios u hospitales, Fabra afirma preferir cerrar el servicio público de radio-televisión, justo un mes después de cumplir 24 años de existencia. Frente a esta versión, las otras que han circulado estos días tienen que ver, en primer lugar, con el posible pago de favores a algún grupo mediático –se ha citado Vocento, a Pedro J. Ramírez…-; y, en segundo, con una reacción irascible del President Fabra, muy molesto con el trato recibido en los últimos tiempos en los telediarios de la cadena –así, al menos, lo manifestaba la coalición Compromís-. Nos apuntamos a esta última lectura y no porque no carezcan de fundamentos la de la falta de dinero o la de favorecer a los amigos. Veamos por qué.

En primer lugar y para que no haya dudas, en las prioridades del Partido Popular de la CV no hubo nunca duda: la propaganda lo primero. Ya se podía estar poniendo en peligro la vida de las personas que viajaban en antiquísimos vagones de metro cuyas ventanillas se caían a la primera curva, ya los chavales estudiando en barracones o los hospitales soportando larguísimas listas de espera, que dinero para vender gestión, promocionar al líder o preparar las campañas electorales, nunca ha faltado. Ahí está el caso Gürtel para corroborarlo. Así que el dilema de elección establecido por Fabra no cuela. Porque ni siquiera la grave situación económica de las arcas valencianas invalida la prioridad de los populares de hacer propaganda para ganar las elecciones. De lo que se deduce que no estamos ante una decisión demasiado meditada. Incluso las dudas legales que plantea el mecanismo de disolución adoptado vía decreto no hace sino apuntar en la línea de la improvisación. Esto es, Fabra no habría sopesado ni por un segundo las enormes consecuencias del cierre.

Porque el cierre no solo significa el fin de un sistema público de comunicación o la condena al paro de una larga lista de trabajadores. Significa la desarticulación del instrumento de propaganda más importante que ha tenido el PP valenciano para ganar las elecciones. Y sin la Gúrtel de Correa y El Bigotes, sin la herramienta de desinformación masiva, “¡cómo diablos van a ganar ahora las elecciones!”, se preguntarán algunos políticos conservadores; ¿cómo van a seguir convenciendo a los valencianos de que son los mejores gestores que hay y los mejores defensores de la cultura valenciana si la realidad dice lo contrario? Hasta ahora, según los barómetros del CIS, estas dos consideraciones eran las más destacadas por los que declaraban votar al PP.

El cierre tiene otra consecuencia más imprevisible todavía: la reacción de los hijos, amigos, militantes o directamente “enchufados” que engrosaban la nómina de “trabajadores” de RTVV y que ahora se sienten traicionados por el amo a quien servían. Con la de cosas que han pasado en esa casa, desde denuncias por acoso sexual, compra de voluntades, pelotazos y hasta juergas constantes con el dinero público (vamos, un ¡viva la virgen! continuo en palabras de la cantante Noelia Zanón al diario Levante-EMV), es de suponer que debe haber información sensible para chantajear a más de uno. Además de confesiones cristianas de haber pecado mintiendo en los informativos, ¿alguno de estos “traicionados” se liará la manta a la cabeza y confesará otra clase de pecados? Para empezar tenemos un caso sintomático, un periodista que se hizo célebre en las ruedas de prensa del partido socialista por leer en voz alta las preguntas que le dictaban desde la Generalitat y que ahora también se ha hecho célebre por perseguir micrófono en mano al vicepresidente Císcar exigiéndole explicaciones. ¿Cuántas comparecencias públicas podrá soportar Fabra o cualquier miembro de su gobierno o líder del partido ante la presión de los otrora periodistas amigos? “Fabra se ha pegado un tiro en el pie”, opinaba Josep Torrent, en un artículo de opinión en El País, y a tenor de lo que puede pasar con estos “agraviados” comparto plenamente la frase.

El cierre de Canal 9, de producirse, será el principio del fin de la hegemonía del Partido Popular. Y está bien que así sea después de 18 años de gobierno continuado del mismo partido. Pero también es el fin del primer intento de nuestra historia de tener un medio público de comunicación al servicio de los valencianos. Su fin es mucho más que la muerte de un medio. Es la pérdida de una herramienta cultural concebida en sus orígenes como fundamental para el fomento de las señas de identidad valencianas. Es también el hundimiento de una forma de concebir el ejercicio del poder, a base de utilizar lo público para beneficio privado. Su fin, en definitiva, es un fracaso colectivo de la sociedad valenciana que dio voto y dinero a los enterradores de sus servicios públicos, de sus fuentes de financiación autonómica y de su televisión.

Antonio Laguna Platero. Profesor Titular de Periodismo UCLM.

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