El gran tema informativo de este este fin de semana, la crisis del PSOE, deja paso ahora a algunas reflexiones no menos inquietantes. Por ejemplo, se ha demostrado que la discrepancia y la confrontación, tan necesarias en la vida política como habituales en el día a día de cualquier persona, es lo peor que le puede pasar a un partido político. Todos pudimos ver cómo algunas televisiones presentaban el intenso debate socialista como una guerra, con sus bandos y sus víctimas, con sus héroes y sus villanos. De esta forma, la lucha ideológica en torno al qué hacer, en manos de un hábil periodista, acabó convirtiéndose en el programa más visto de todas las cadenas de televisión.

La conclusión que se deduce es obvia: cuanto más vertical y uniforme es un partido en la toma de decisiones, mejor, ya que habrá menos polémica y, por lo mismo, menos espectáculo televisivo. Es la forma de actuar del PP y que tan buenos resultados electorales le ha dado. Pero es también lo que cada vez más práctica Podemos. Recuerden que, en marzo pasado, el líder de Podemos dijo no a la investidura de Sánchez sin que asamblea o consulta previa lo hubiese decidido. Y que ahora los líderes regionales de la misma formación deciden la política de pactos de la noche a la mañana sin más repercusión que algún breve informativo.

Esta es la gran paradoja que pone de manifiesto lo vivido el pasado sábado, que cuanto más plural y abierto es un partido político,más riesgo corre de ser pasto del sensacionalismo televisivo. El problema será que, al final, no sepamos distinguir entre el debate por quién sale de la casa de Gran Hermano y el debate político sobre quién debe gobernar el país.

 

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Antonio Laguna

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