Local en venta

 

Como cada día desde hace 30 años, Luis abre la persiana de su lencería, situada en una céntrica calle de Lantana. Luis es un hombre alto, que con el paso de los años ha envejecido muchísimo, pero que no ve la hora de jubilarse, porque su comercio es uno de los más transitados de la ciudad.

Aun así, tiene problemas para asegurar el relevo generacional, porque sus dos hijos tienen escaso interés en el comercio, pues han estudiado otras carreras o están en ello. Uno de ellos se llama Miguel, tiene 26 años, y acaba de graduarse en medicina, de hecho, se está preparando en este momento para unas oposiciones. La otra, Alya, tiene 19 años y está estudiando comunicación audiovisual con unas notas brillantes.

Ante la falta de gente dispuesta a llevar su lencería, Luis estaba negociando su traspaso con una inmobiliaria de la ciudad, pero quiso el destino que pasaran cosas que al final le permitieran poder asegurar la supervivencia de su negocio, eso sí, con alguien ajeno a su familia pero que conocía muy bien.

La historia de este traspaso comienza el lunes 16 de noviembre de 2015. Era semana eurovisiva y, como buen “eurofan” que era, Miguel estaba escuchando atentamente las canciones que se presentaban a la edición infantil del Festival de Eurovisión para formarse una opinión y decidir un favorito. Mientras, Alya, ajena a la euforia eurovisiva que se respiraba en el ambiente, estaba hablando en la cafetería que frecuentaba con el responsable de la inmobiliaria.

La conversación trataba temas variados, aunque lo que más destacaba era el negocio que estaban haciendo con la lencería de Luis:

-Bueno, tengo algo que decirle, señor Miralles.

-Pues adelante.

-La hermana de una amiga mía se graduó hace poco en el grado medio de comercio y, además, acaba de ganar un bote millonario en la lotería regional. Para aprovechar el dinero ganado, unos 115 millones, quiere comprar negocios en quiebra y poner a su círculo de amigos a llevarlos mediante una sociedad para reactivarlas y revitalizar el comercio de esas zonas.

-¿Y?

-Pues que está muy interesada en la lencería de mi padre. Lo que no sé es el precio que se le puso al local…

-Se tasó por unas 7000 unidades monetarias, pero estamos viendo que no solo es esa joven la que está interesada en la lencería. Hay muchos interesados, entre ellos fondos que solo quieren la tienda para especular con ella, poner alquileres abusivos y manipular a sus inquilinos. ¿Cuál es la diferencia entre su conocida y esos fondos, si puede saberse?

-Pues, simplemente, quiere mantener el objetivo del negocio, aunque modernizando los equipos e implementando técnicas informatizadas.

-Normalmente vendo locales y casas a inversores que buscan únicamente alquilar y rascar dinero con las cuotas, pero me figuro que lo que quiere su conocida es obtener el local en propiedad.

-Justo eso, sí.

-Pues dame su número.

-Puedo darle el de su hermana, aunque sería un contacto indirecto.

Alya le escribe ese número con la idea de garantizar un contacto con ella. El agente inmobiliario, más tarde, llama a ese número y pasa esto:

-¿Quién es?

-Soy Lina. ¿Y usted?

-Juan, de la agencia inmobiliaria.

-Si pregunta por la lencería, que sepa que podemos concertar para no más tarde del viernes la firma de la compra del local. De hecho, ya tengo decidido lo que hacer con él.

-¿Qué sería?

-Mantener el negocio de la lencería y modernizarlo.

-¿Quedamos el jueves entre las 15:30 y las 18:30? Eso sí, le tendría que avisar.

-Por mí, ningún problema.

Pese a que estaba llamando a la hermana de Lina, fue la propia Lina la que contestó a la llamada del agente inmobiliario. Parecía que estaba empezando a ir todo rodado… pero faltaba la opinión de Luis.

-He conseguido comprador para tu local -le dice Alya a Luis

Autor: Mario Prieto Martínez

 

Promesas y prioridades

 

Promesas. Todo gira en torno a las promesas. Bueno, también a las prioridades. Promesas y prioridades. Son el eje central de la esperanza. La esperanza es el eje central de la vida. Si no la tienes, el desasosiego te corroe. La desidia pasa a ser parte de tu bandera. Lo perderás todo. Y ni si quiera te importará. Todo parecía muy lejano cuando ella le susurró al oído esas palabras. Nada podía salir mal. Le prometió que él sería prioridad. Que el abismo no podría con ambos. Y él la creyó. Embargaron lo poco que tenían para tener algo que llevarse a la boca en las tórridas noches de verano. Nada era suficiente para él para verla sonreír. Y vaya si sonreía…

Pero el destino es caprichoso. Y las promesas y las prioridades también. Y ella se fue con una amarga mueca asegurándole que lo suyo no funcionaba. Que ya no estaban hechos el uno para el otro. Que no es por él, es por ella. Que no se preocupase, que todo iba a irle bien. Y, a pesar de todo, le creyó. Y vivió con cierta esperanza un tiempo. Pero las deudas se acumularon y el sistema blande el hacha sin miramientos. Le echaron de su casa. Literalmente no tenía nada más que perder. La depresión es un filtro curioso por el que mirar la vida. Puedes ver cosas que, de tristes, son bellas. Pero todo colapsa al final. Todo cae cuando tu mundo se derrumba y todo alrededor sigue igual. Se detuvo frente a un escaparate de lencería femenina. Los recuerdos volaban. Y él no pudo hacer más que dejarse caer y llorar. Como una espiral infernal, la oscuridad le arrastró hacia los límites que nadie jamás debería pisar.

Autor: Rafa García

 

Buitres

 

Os lo juro. Intenté todo lo que estaba en mi mano. Hice cuanto pude por no verme en esta situación. Creí tener la solución de todos mis problemas, y ahora miradme. No quiero ni que veáis mi rostro. Me avergüenza. Estoy aquí, en la calle, sin nada, sin nadie. Tan solo yo. La soledad desde hace días revolotea por mi cabeza, cual carroñero. ¿Son cuervos? Creí que eran palomas. Creía tener esperanza. Y ahora estoy aquí. Ahora estoy así. Podéis preguntarme tantas cosas, y yo podría daros demasiadas respuestas. Demasiadas explicaciones, demasiadas escusas.

Mi vida nunca fue mejor que la tuya. Tampoco fue peor. Simplemente me limité a vivir, a disfrutar del momento, a soñar. Ahora ni siquiera me quedan ganas para dormir. Me quitaron todo. Se han llevado mi vida. Me echaron de mi hogar, por una cosa muy sencilla: no haber leído una puñetera letra pequeña. Un día llegaron, y no pudimos hacer nada. Allí estaban treinta o cuarenta, tal vez eran más. Pero pudieron con ellos, y eso que eran muchos menos. Ahora mi vida depende de un banco, de señores con corbata, de personas que trabajan para amargar la vida a los que no supimos elegir. Un día llegaron y me arrebataron todo. Quizá puedas pensar que la vida no se debe a placeres materiales. También podrías pensar que siempre tendré otra oportunidad para volver a empezar… pero sinceramente, me niego.

No quiero formar parte, una vez más, de su juego. Me quedo aquí, con mi hambre, con mi llanto, con mis manos sobre mi rostro. Me quedo aquí. No puedo más. Nadie dijo que fuera fácil, pero lo difícil era fallar.

Sé que hay gente como yo. Miles, entre cartones. Miles, en puertas y portales, aguantando las miradas de las almas que se pasean, impasibles. Otros habrá que paren, que piensen y actúen. Sé que hay gente como yo, y no por la misma situación. A ellos pueden ayudarles a volver a creer en la humanidad. Conmigo lo tendrían muy difícil. He sido carne del peor depredador del ser humano: el ser humano.

Autor: J.V.

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Pseudoperiodista y músico. Me gusta escribir, y aquí podéis comprobar qué es lo que hago. “Una prensa libre puede ser buena o mala, pero sin libertad, la prensa nunca será otra cosa que mala”. Albert Camus.
Jose Verdugo

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