Hace un siglo eran campesinos que se iban en barco, con equipajes de cartón y el sueño de encontrar una vida mejor lejos de su país. Hoy, son  jóvenes, cualificados, formados y experimentados, que se van con sus smartphones, nuevas tecnologías y vuelos “low-cost” a buscar fortuna en cualquier parte, porque han visto como las puertas del mercado laboral se cerraban, o se abrían sólo para trabajos que nada tenían que ver con aquello para lo que se habían formado. Tienen títulos universitarios, idiomas y una buena preparación, sin embargo, emigran por falta de empleo. Quieren trabajar en lo que han estudiado, tienen ganas de luchar por cumplir sus sueños, y España no les da la oportunidad.

“España tiene tres salidas: por tierra, mar y aire”, es una frase que se ha convertido en una realidad asumida por los jóvenes, y así lo reflejan los datos. El principal factor que ha propiciado el éxodo de españoles por la falta de oportunidades laborales ha sido la economía, una crisis que comenzó hace años, y que, aunque nos quieran hacer ver que la economía está creciendo, la emigración del talento joven no se ha frenado. El éxodo de los españoles no se detiene, los expatriados no sólo no regresan a España, sino que se siguen marchando de aquí.  El pasado 1 de enero, había 2.305.030 españoles inscritos en los registros consulares, lo que equivale a un aumento del 5’6% con respecto a la misma fecha de 2015, cuando eran 2.183.043 los jóvenes que residían en el exterior, según datos publicados por el Instituto Nacional de Estadística (INE). Si se toma como referencia el año 2008, cuando el INE comenzó a trabajar en estos datos, y la crisis económica ya afectaba a España, el incremento de aquellos que hicieron las maletas a otro punto del globo sin fecha de vuelta se ha disparado al 56%. Antes, sumaban 1,4 millones y ahora son 2,3 millones, lo que significa que el registro ha ganado cerca de 840.000 españoles desde el inicio de la crisis hasta el pasado año. Para ellos no hay trabajo en España, o no lo hay de la calidad que esperan por la formación que han recibido.

Es fácil hablar de datos o cifras, pero estos números tienen nombres y apellidos. Hay que poner cara a esos miles de jóvenes que han visto su única salida en el aeropuerto y han tenido el valor de hacer sus maletas y dejarlo todo en busca de un futuro. Dejan su país, su familia y sus amigos para encontrar una oportunidad que su país no les ha querido dar.

El país de las oportunidades

Ya hace dos años y dos meses que Carolina Sánchez decidió marcharse a Oxford, acababa de terminar su grado cuando tomó la decisión. Carolina estudió Trabajo Social en Cuenca, y ya tenía clara esta decisión cuando aún estaba estudiando. Primero porque quería perfeccionar su inglés, y segundo, porque lo que menos te apetece cuando acabas de terminar una carrera es desanimarte con la búsqueda de un trabajo que no llega. La joven confiesa que en su cabeza solo había una opción en ese momento, y sin pensarlo fue a por ella, preparó sus maletas y se marchó. “No quería desanimarme, era demasiado pronto para eso, para darme de bruces contra una realidad que no me gustaba nada. Una realidad que hace que los jóvenes como yo tengamos que dejar atrás nuestro país, nuestra familia y nuestra cultura y empecemos una nueva vida, la cual sentimos que no nos corresponde, lejos de todo lo que conocemos”. Sin embargo, salir de España tampoco te garantiza encontrar un trabajo relacionado con tus estudios. Cuando llegó a Oxford, Carolina comenzó trabajando durante un año y medio en un hotel de cuatro estrellas, un trabajo que le resultó demasiado duro, puesto que tenía que estar limpiando durante casi todo el día, “acababa muy cansada y no tenía ganas de nada”. Si a esto le sumas que estás en un país que no es el tuyo, con gente que no habla tu idioma, y que cada vez que intentas comunicarte con ellos hay un muro que se interpone, el muro del lenguaje, puedes imaginarte lo duro que debe ser el principio, “antes de venir a vivir a Oxford pensaba que mi nivel de inglés era bastante alto. Lo pensé hasta que llegué, escuché hablar a la gente y comprendí lo equivocada que estaba. Recuerdo mis primeros meses de trabajo como estresantes y muy desconcertantes”. Actualmente, está más contenta con su trabajo, aunque Carolina no ha encontrado un trabajo que se adapte a su formación. Trabaja en uno de los colleges que forman la Universidad de Oxford, el Queens College, como “catering assistant”, trabaja prácticamente todo el día, de 8:00 a 14:00 y de 18:00 a cierre, con dos días libres a la semana.

Carolina espera en el aeropuerto antes de comenzar su aventura en Oxford / Fuente: Carolina Sánchez
Carolina espera en el aeropuerto antes de comenzar su aventura en Oxford / Fuente: Carolina Sánchez

La joven tiene claro que trabajar en uno de los colleges, es una oportunidad muy buena para ella, y se encuentra satisfecha por ello, sin embargo, nos cuenta que hay mañanas que se levanta y no puede evitar venirse abajo, “te vienes abajo porque estás haciendo algo que jamás te habías planteado hacer y por lo que encima tienes que dar gracias. Gracias por tener un trabajo, tener buenas condiciones en él y tener un buen salario”. Al preguntarle qué es lo que más echa de menos de España, lo tiene muy claro, su familia y amigas, “es muy triste ser la que siempre falta. Pero al final, como a todo, una se acostumbra”, pero es algo que se contrarresta con la sensación de volver a casa después de tanto tiempo, aunque sea para unos días, “la ilusión y las ganas cuando vas a volver a casa no lo cambiaría por nada. La energía que ese día recorre tu cuerpo queriendo hacer mil cosas a la vez es increíble”. Además, otro punto positivo es el estar aprendiendo otro idioma, otra cultura, otro modo de hacer las cosas, “me siento mucho más fuerte e independiente que antes, y eso, no lo cambio por nada”.  Después de dos años de adaptación, Carolina puede decir que es ahora cuando está empezando a disfrutar de verdad de la experiencia, está feliz con lo que Inglaterra le está ofreciendo, y piensa que es cierto eso que dicen de que es “el país de las oportunidades”. No obstante, sus recuerdos de los primeros meses no son demasiado buenos puesto que “vives constantemente con presiones. Con la presión de aprender inglés lo más rápido posible para encontrar un trabajo mejor, con la presión de pensar ‘¿y si en España estuviera mejor?’, la presión de levantarte todos los días para ir a un trabajo que no te gusta, y un largo etcétera. Pero en el momento que todo eso pasa, que empiezas a encontrarle sentido de nuevo a tu vida, que te sientes bien contigo misma, que empiezas a notar que tu inglés es muchísimo mejor que cuando llegaste…es entonces cuando empiezas a disfrutar de la aventura”. Por ello, a día de hoy, no tiene intención de volver a España, está feliz y empieza a plantearse nuevos objetivos, “en septiembre voy a empezar aquí un máster porque después de todo este tiempo creo que ya es hora de empezar a luchar por lo que realmente quiero”.

El inglés, una asignatura pendiente

Al igual que Carolina, Andrés Crespo también decidió marcharse a Oxford al terminar sus estudios de Periodismo en la UCLM hace ya dos años. Al finalizar la carrera, se le plantearon varias opciones como la de continuar su formación académica estudiando un máster o la de buscar trabajo como periodista, sin embargo, “ante la falta de oportunidades en el mercado laboral español y que acabé agotado de mi etapa estudiantil, decidí marcharme al Reino Unido para vivir una experiencia distinta, buscarme la vida por mí mismo, conocer mundo y aprender otro idioma”. Los primeros meses tampoco fueron fáciles para Andrés, puesto que aunque había estudiado y aprobado el B1, obligatorio para obtener el título en la universidad, no sabía hablar inglés cuando llegó, lo que hizo que la búsqueda de trabajo fuera difícil al principio. “Hice siete entrevistas de trabajo, y aunque en algunas no entendía nada, no perdí la motivación. A las 3 semanas me contrataron en un restaurante para fregar platos”. En este trabajo, como friegaplatos, el salario casi siempre es el mínimo y el trabajo es muy duro, “son trabajos que por regla general, en Inglaterra, desarrollan inmigrantes que no hablan bien el idioma”, asegura el joven. Tras dos meses como friegaplatos, cuando su inglés mejoró, se introdujo en la cocina como chef, y actualmente, trabaja como cocinero en un colegio mayor  de la Universidad de Oxford, algo que, aunque no tiene nada que ver con lo que ha estudiado, le gusta y reconoce que es una experiencia que le está haciendo descubrir en la gastronomía un mundo apasionante. “En el futuro, espero poder compaginarlo y mezclarlo con el periodismo de alguna manera”, explica Andrés.  Para el joven, lo mejor de haber tomado esta decisión ha sido, sin duda, aprender un idioma como el inglés, no solo por lo que le está aportando como formación, sino por lo que le supone poder mantener una conversación, “conocer personas diferentes, viajar y poder comunicarte sin problemas y entender otras culturas”. A pesar de esto, Andrés nos confiesa que le gustaría regresar a España, estar cerca de su gente, pero no quiere volver sin nada, “hasta que la situación económica y laboral no mejore no puedo pensar en volver”, lo tiene claro. El joven da un consejo a quienes, como él, quieran labrarse un futuro lejos de España, “que lo lleve con orgullo y que no se rinda, porque es muy difícil dejar atrás tu tierra y a tu gente, pero si tienes un sueño tienes que luchar por él”.

De las prácticas a tener su propia clínica veterinaria en Chile

Helena antes de marcharse a Chile a realizar las prácticas / Fuente: Helena Andrés
Helena antes de marcharse a Chile a realizar las prácticas / Fuente: Helena Andrés

Helena Andrés, es otra de las jóvenes que hace dos años también decidió salir de España. Tras estudiar Medicina Veterinaria, eligió como destino para su futuro un pueblo de Chile, Quirihue. Fue este el lugar donde realizó sus prácticas y se llevó de allí una buena experiencia, “me gustó el lugar para trabajar y vivir”. Helena tiene la suerte de tener un trabajo que se adapta a sus aptitudes y formación, trabaja como Médico Veterinario, ya que tomó  la decisión de abrir una empresa de farmacia y clínica veterinaria con su pareja. Sin embargo, no todo ha sido fácil para ella, su primer trabajo fue bastante duro, trabajaba alrededor de 10-11 horas al día por muy poco dinero. Encontró este trabajo gracias a una amiga que le informó de un puesto de trabajo, se necesitaba a alguien de manera rápida y no se lo pensó, “fue fácil encontrarlo, pero no era un buen trabajo”. La joven confiesa que a día de hoy, aunque está contenta porque esta decisión le ha hecho aprender mucho tanto personal como profesionalmente, no sabe si volvería a tomar esta decisión, y que tarde o temprano, tiene pensado regresar a España, eso sí, habiendo crecido como persona después de “haber vivido la experiencia de empezar de cero, conseguir abrir una empresa en un país que no es el mío, aprender otras costumbres y conocer gente nueva”.

Carolina, Helena y Andrés son solo algunos nombres de los muchísimos jóvenes españoles que han tenido que marcharse al extranjero. No son sólo cifras, son personas con nombre y apellido. Con rostros. Con familias y amigos. Estos jóvenes que hoy se marchan se han criado en España, la echan de menos y seguramente volverán. Volverán habiendo crecido como personas, siendo mucho más fuertes, pero sobretodo, volverán cuando España sea capaz de acogerlos de nuevo, hacerlos felices y darles la oportunidad que no les ha dado.

 

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