El caso Nadia no parece tener fin. Si ayer descubrimos que el padre era un desalmado con antecedentes penales, ahora el nuevo sorpresón es descubrir que ni siquiera es el padre. Ríanse de aquellos culebrones sudamericanos de pasiones y amoríos, porque la realidad vuelve a superar la ficción.

Sin embargo, el caso Nadia también ofrece otra lectura menos frívola, más directamente relacionada con la calidad y rigor de nuestros medios de comunicación. Porque la gran estafa de este caso no es solo responsabilidad de los que dicen ser padres de la criatura. Es también resultado de todos aquellos medios que, anteponiendo el sensacionalismo al periodismo, construyeron y difundieron esta historia que tanto conmovió a los ciudadanos.

Desde las Facultades de Periodismo repetimos cada día que, en este tiempo donde la mentira se vende estupendamente, el ejercicio de verificar y de contrastar es un principio fundamental que identifica al periodista del simple correveidile. En el otro lado, en el de las empresas de comunicación, el principio rector en estos momentos parece ser otro, más próximo al del de todo vale con tal de ganar públicos que vender a los anunciantes. De tal manera que cuando surge el caso Nadia con sus rocambolescas historias de médicos afganos y clínicas americanas, ningún medio de los que le dedicaron espacio y tiempo se le ocurrió verificar por qué se buscaba fuera lo que nuestro sistema sanitario ya ofrece. Nadie contrastó lo que el padre decía con lo que los informes sociales habían apuntado desde el primer momento. Es decir, nadie dejó que la realidad les cambiará su superemotiva noticia. Resultado: un fraude de cerca de 1 millón de euros y el supuesto padre de la criatura detenido. Pero, ¿y los medios que difundieron el tema y ganaron dinero con él? ¿Quién dictamina su responsabilidad? Como no hay autoridad, comisión o instancia arbitral que castigue la desinformación, el mal periodismo o el engaño a los ciudadanos, y encima son los propios medios los que deciden qué se cuenta y qué no, el resultado es que no pasa nada. Y si ayer el tema era la pobrecita Nadia, ahora es lo malo que es el padre de Nadia. Resultado, “la banca siempre gana”.

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Antonio Laguna

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