Este martes a las 12 se inaugurará una nueva exposición fotográfica en la sala Ricardo Ortega, situada en el vestíbulo de la facultad de Periodismo: “Migración y alevosía”. Samuel Nácar, graduado en esta misma facultad, viajó hasta Lesbos para documentar la llegada de refugiados a las costas griegas, así como su vida en los campos de refugiados del país heleno. Sus fotografías colgarán de las paredes del edificio donde se formó como periodista para todo el que quiera conocer un drama humanitario que afecta a millones de personas desde un punto de vista periodístico e ilustrativo.

Texto y fotografías: Samuel Nácar

Otro fantasma

Entre las ocho y las once de la mañana han llegado seis botes a la Isla de Lesbos. En el primero iban veintitrés niños y cinco adultos, en el segundo veinticinco niños y veintisiete adultos, en el tercero, cuarto, quinto sexto… he dejado de contar. Es la misma realidad a diferentes horas. Cuando me he ido aún quedaban tres botes cruzando y más que vendrán el resto del día.

Ayer fue igual y mañana será lo mismo. Lesbos lleva desde abril recibiendo migrantes a este ritmo. Solo a la isla han llegado alrededor de ciento treinta mil personas según fuentes policiales.

Ibrahim vive junto con sus hermanos y su madre en un camarote de escasos dos metros cuadrados. Tiene diez años y es de Siria; una bomba le quemó la cabeza. Llevan dos meses viviendo estancados y por la mañana se sonríen cuando llega TeamBananas y les dan un plátano para desayunar.

Otro fantasma.

Samira Said tiene dos años. Es rubia y pequeña. Hoy duerme bajo mantas mientras su familia espera a que el autobús les lleve a un campo militar donde serán olvidados lejos de los focos.

Desde que el nueve de marzo Macedonia cerró la frontera para todos, más de cincuenta y dos mil refugiados se han quedado estancados en Grecia, tierra de nadie. No los olvidéis.

Idomeni mata

Batania, batania, se oía cada vez que una lata de gas lacrimógeno caía del cielo. Y todos corrían con batanias (mantas) para ahogar el efecto de las latas de gas. Si no llega a ser por eso, Idomeni se hubiera ahogado.

El gas era sofocante.

P.D: Ese helicóptero sólo vino para traer más municiones con gas sofocante

Shabab´s rules.

La verdad es que esto no es violencia. Violencia es que haya diez mil personas en medio de la nada alimentándose con un vaso de sopa al día y a la intemperie. Que bebés con sólo tres meses y que pesan cinco kilos ahora tengan cinco meses y pesen cinco kilos y medio. Violencia es que unos gobiernos sin alma utilicen a esta gente para evitar que lleguen más refugiados. Violencia es lo que llevan sufriendo estas personas durante dos meses. Violencia es huir de Siria, huir de la muerte, llegar a Europa y encontrarte la muerte en forma de alambre de espino. Idomeni mata.

Crónica de la aparición de un fantasma:

Este es el principio del fin.

Las primeras almas que quedarán en el olvido.

Hoy ha empezado una macro operación de desalojo que durará entorno a dos semanas. Mil personas al día, veinte autobuses que los irán distribuyendo en diferentes campos. Campos gestionados por militares y policías.

La gente corre por subir porque están agotados, exhaustos, están sin vida. Y la esperanza de una tienda mejor, la resignación de que Europa no les quiere, de que no tienen opciones, les convierte en seres maleables, translúcidos, intangibles.

Les convierte en fantasmas.

Fantasmas que desaparecerán de nuestras portadas, de nuestras pantallas.

Samuel Nácar refugiados

Siempre tuvimos miedo de cosas extrañas, de entes intangibles, por eso, y como solución, los mantendremos lejos, bien lejos de la televisión. En parajes inhóspitos, en campos solitarios.

Hoy ha empezado el principio del fin de esta crisis. Y ha empezado con un tractor, tirando de un autobús que se había quedado estancado. Metáfora de lo que está crisis ha significado: el tractor, el pueblo, el autobús, las ONGs. El agujero, vacío, que ha dejado la rueda, el corazón de Europa.

Los refugiados serán enviados a distintos campos de refugiados donde flaquuearán sus fuerzas como seres humanos; como grupo se verán dispersados y sus gritos silenciados. No habrá nadie que les ayude a gritar, “Open the Borders” de una puta vez.

Hoy ha empezado el principio del fin de esta crisis. Hoy los primeros mil fantasmas han salido de Idomeni, y durante los próximos diez días seguiremos viendo a personas que se desvanecen tras el cristal de un autobús maldito que los resignará a nuestro olvido; que seguirán vivos en sus pequeños mundos, en sus tareas diarias, pero muertos para el resto.

Serán invisibles, serán fantasmas.

Fantasmas, para siempre.

Idomeni amanece como si de un hormiguero se tratara. Poco a poco las hormiguitas van saliendo de sus tiendas y llenan de puntos negros el horizonte. Hoy salen porque el sol sale. Y la rutina de la miseria vuelve a comenzar: la gente grita por ropa, lucha por madera y vive por sobrevivir.

El sol ha salido en Idomeni pero tardaremos todo el verano en secarnos las lágrimas.

Mohammed tiene 27 años, este es su móvil y estas son sus manos. Así le ha dejado la cara la policía cuando lo encontró cruzando la frontera Grecia-Macedonia por el bosque. Idomeni

Me acuerdo cuando en Moria la gente se peleaba por una botella de agua, cuando no había tiendas, cuando las colas eran infinitas. Me acuerdo cuando la policía no controlaba las entradas, cuando no había ONGs en el terreno. Cuando no había voluntarios. Me acuerdo cuando había que salir de allí para no morir de pena. Cuando los niños aguantaban durante horas con sus padres para ser registrados.

Me acuerdo cuando la policía griega cargaba contra familias. Cuando el gas lacrimógeno se usaba como agua. Cuando el agua, la lluvia, era peor que el gas lacrimógeno. Era septiembre, octubre, noviembre.

Ahora es enero y me falta un no sé qué de miseria, que todo esta calmado. Que hay ONGs y la policía controla las entradas. Que no es lo mismo, que la huella del dinero se nota, que hay baños y agua. Que hay tiendas y se da ropa. Que parece que lo tienen controlado.

Pero ya han pasado septiembre, octubre, noviembre, y el número de llegadas es menos de la mitad que en aquella época. Y la gente sigue durmiendo en la calle y se les da una manta en pleno mes de enero y por la noche, solo en Afgan hill, se da ropa.

Y han llegado, todas ellas, todas las grandes ONGs con sus bolsillos llenos, pero sin cabeza.

Me acuerdo cuando aprendí a trabajar. Me acuerdo cuando la imaginación era lo más valioso, cuando construir una tienda para doscientos era cuestión de un par de cuerdas y lonas. Cuando los refugiados eran voluntarios, cuando los voluntarios eran voluntarios.

Para ellas, para las grandes ONGs, la imaginación no tiene valor. El dinero lo tiene. Y con él, llegan las reglas, los procedimientos, los horarios, los descansos, las jornadas laborales de las cuales, este oficio no entiende.

Porque los refugiados no saben de horarios, no tienen descansos y se saltan todos los procedimientos que quieras poner. Y es esa libertad absoluta, ese caos espontaneo en cualquier momento, es eso lo que las grandes ONGs, son incapaces de solucionar.

Ellas son buenas para rellenar papeles y justificar gastos.

Ahora parece todo cambiado y creen que pueden gestionarlo, pero estamos en enero y llegará marzo; y el gas lacrimógeno volverá a ser usado como agua y el agua, las lluvias serán peores que el gas lacrimógeno. Porque en enero la gente sigue durmiendo en la calle. En marzo la policía volverá a cargar contra los niños.

Te despiertas y ves un barco a la deriva a través de tus prismáticos. Llevas toda la noche esperándolos, aunque lo que de verdad esperas es que nadie llegue, que nadie se suba en esa barca, que nadie se enfrente a esas olas que ya alcanzan metro y medio en la frontera. Hace frío, las manos duelen. Duelen de sujetar los prismáticos. Las corrientes son tan fuertes que pasan de estar de tus doce a tus once en cinco minutos. Y el único sitio desde donde se pueden divisar es el faro de Korakas.

Llamas a Proactiva, Proactiva llama a los guardacostas, pero necesitan otra confirmación. Así que Proactiva nos llama para que llamemos. Y llamamos y el tiempo pasa; y el barco de los guardacostas aparece.

Desde el agua es imposible ver el barco: hay demasiadas olas, así que pasan de largo.

Y el tiempo pasa. Y el viento fuerte ya ha movido el barco de tus once a tus nueve. Y los llamas. Y los vuelves a dirigir.

Y llegan.

De pronto aparecen los barcos de Proactiva y MSF. Se mueven como peces voladores por encima del agua.

Y el tiempo pasa.

Los dirigen a Kaya donde los voluntarios se han movilizado. Porque hace frío y puede haber pasado demasiado tiempo.

Y todos están bien, pero te das cuenta de que, si todos los voluntarios y ONGs no estuvieran aquí, sus posibilidades hubieran sido remotas. Y de que si no hubiera nadie en el faro de Korakas hubieran seguido a la deriva por horas. Y da pena, porque nosotros no somos la solución, somos un torniquete. La herida sigue abierta por muy fuerte que presionemos.

Y el tiempo pasa, si es que no ha pasado demasiado tiempo ya. Hoy ha habido suerte. Ayer no hubo tanta.

Sus vidas no merecen depender de la rabia del mar, del tiempo que desearíamos poder detener o de inacabables debates en despachos remotos.

Samuel Nácar migración y alevosía

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