Se podría acusar a la comunidad internacional (grandes potencias mundiales y destacables organismos financieros) de cooperación “criminal” por mantener durante décadas alianzas con regímenes totalitarios de Oriente Medio, Sudamérica y África. Países occidentales que han defendido y defienden el mantenimiento de dictaduras para salvaguardar sus intereses en la región, alimentando el monstruo del terrorismo y la represión.

Desde que comenzó la desregularización a finales de los años ‘70, diversas empresas financieras han sido sorprendidas blanqueando dinero. Riggs Bank, por ejemplo, blanqueó dinero para el dictador chileno Augusto Pinochet con una estimación de entre cuatro y ocho millones de dólares. Además, a través de un informe elaborado por el Senado norteamericano, se descubrió que Teodoro Obiang, presidente y jefe de Estado de la República de Guinea Ecuatorial, tenía cuentas en el banco por valor de 700 millones de dólares. Justo en un momento en el que empresas estadounidenses tantean ese terreno rico en petróleo como alternativa a Oriente Medio

El segundo banco más grande Suiza, Credit Suisse, ayudó mediante el blanqueo y falsificación de datos, a inyectar dinero para el programa nuclear y para la agencia aeroespacial iraní que construye misiles balísticos, violando así las sanciones interpuestas por EEUU. Según el propio Departamento del Tesoro estadounidense, este tipo de servicios se realizaron con otros clientes en países que acumulan sanciones internacionales como son Sudán, Libia, Birmania o Cuba. Otro ejemplo lo encontramos en la multinacional de servicios financieros Citibank, quien  ayudó a evadir dinero procedente del narcotráfico en México.

Éstos son sólo algunos de los cientos de ejemplos que podemos encontrar de la falta de ética o la carencia de escrúpulos de entidades bancarias que aprovechan delicadas situaciones políticas para percibir beneficios. Actualmente, el mayor miedo global es también el mayor de los negocios: el terrorismo

El fundamentalismo como promotor del islam más antiguo, enemigo del avance y la innovación y del Estado como nación moderna es sustentado por la comunidad internacional a través del mantenimiento de enfrentamientos religiosos y territoriales. Daniel Estulin, exagente de contraespionaje del KGB y autor del libro ‘Fuera de control’ (2015), tiene claro que “allí donde no existan tales ideologías, hay que inventarlas de la nada; y, si ya existen, hay que cultivarlas y exacerbarlas. Hay que usar agitadores y campañas de rumores para que se desate una violenta paranoia”.

El Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial tienen las manos manchadas de sangre. Son responsables de la creación de graves crisis económicas que desmantelan el sistema financiero nacional, generando conflictos en la zona, obligando a una intervención internacional y destruyendo los Estados nación e hipotecando futuras generaciones con préstamos de ajustes estructurales que imponen, entre otras cosas, una agresiva desregularización de su economía.

La última partida de ajedrez con varias facciones en juego se está jugando actualmente en Siria, empujando a potencias internacionales a intervenir en el conflicto. La represión del gobierno de al-Assad es apoyada por Irán, China y Rusia. Por su parte, la coalición opositora está respaldada por Estados Unidos, Turquía, Francia, Reino Unido y Arabia Saudí.

Irak, Libia y ahora Siria. Las cruzadas contemporáneas en Oriente Medio son unas campañas militares, políticas y económicas que atacan la soberanía y la independencia de Estados nación, destruyendo sus infraestructuras, propagando el caos y creando el vacío que más tarde llenarán grupos terroristas como el ISIS. Para Estulin el Estado Islámico es “el resultado de objetivos políticos a largo plazo diseñados en Washington y Londres, y financiados a través de organizaciones benéficas saudíes. El ISIS es un recurso para intensificar el control de Oriente Medio, liderado por Estados Unidos”. El objetivo es que Estados Unidos y sus aliados, principalmente Arabia Saudí e Israel, intervengan en los asuntos de los países soberanos con operaciones antiterroristas para salvaguardar sus intereses en la región.

La complicidad entre Estados Unidos y Arabia Saudí es patente, tanto es así que a pesar de los informes de la CIA en los que se señalaba al rey saudí Salmán como principal fuente de financiación en el terrorismo yihadista que desembocó en el 11-S, Estados Unidos se ha negado a actuar al respecto. Significativo fue también que la Administración Bush autorizara, horas después del ataque a las Torres Gemelas, la salida de varios miembros de la familia de Bin Laden y de otros árabes saudíes cuando el espacio aéreo estaba cerrado. Entre otras cosas, porque los saudíes, según el documental de Michael Moore ‘Fahrenheit 9/11’, tienen invertido en suelo estadounidense aproximadamente  860 mil millones de dólares, lo que equivale a un 6 o 7% de la economía del país.

La revelación de la autoría del atentado ha estado oculta durante la presidencia de Bush y Obama. Lo que sí se ha sabido es la relación entre el banco HSBC en el blanqueo de capitales procedente del petróleo y del narcotráfico de sustancias como el opio o la heroína y la financiación terrorista con el banco Al Rajhi, la mayor banca de Arabia Saudí. Pero no es el único, vinculados a este tipo de actividades encontramos Al Taqwa o Akida Bank Private Limited. Todos principales financiadores de al-Qaeda y conocido por el Gobierno de los EE.UU. Respaldando la famosa premisa de seguir el rastro del dinero, se descubrió que la mayor parte del flujo monetario procedía de organizaciones benéficas destinadas a la financiación del terrorismo, como Makhtab al Kidmat o Al Haramain, ésta última había percibido en calidad de donativos entre 45 y 50 millones de dólares. La negligencia a la hora de anular y desmantelar las redes de financiación de células terroristas ha permitido la transformación y el surgimiento de lo que hoy conocemos como ISIS.

Los señores de la guerra han desarrollado una resistente red de medidas políticas que les permite transformar el dinero negro a fondos legítimos a través de negocios o deuda pública estadounidense y así regularizarlo. Todo ello hace pensar que grupos terroristas, servicios de inteligencia, principales instituciones financieras y gobiernos están fuertemente relacionados. Lejos de trabajar para desmantelar esas tramas, lubrican una maquinaria mundial alimentando al monstruo para vivir a costa de él.

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