Lejos, al norte, el camping se convierte en un elemento más del paisaje

La autovía ha quedado atrás y son ya dos horas desde que Santander desapareció del retrovisor. Ahora, el carril se estrecha cada vez más y los robles acusan a los viajeros de intrusos. Las aldeas se suceden, una tras otra. Hasta que Miengo aparece. A los pocos minutos la silueta del mar se hace inconfundible: delante espera el Cantábrico.

La descripción de los colores del paisaje impresiona al turista. La gente del camping sale a darles la bienvenida. Hay farolillos y de unos árboles a otros cuelgan guirnaldas con banderillas rojas. Quedan algunas plazas libres, donde acoplarse, donde montar la tienda o donde dejar estacionada la caravana. La dueña que regenta el lugar se llama Elvira Sastre Hernández, el bar-restaurante que hay a la entrada también es suyo. Ella aconseja dejarlo todo montado cuanto antes. “Aquí nunca se sabe cuándo puede caer un chaparrón, se les mojará todo, todo. Háganme caso y monten primero la tienda, lo demás puede esperar”, advierte. Lleva razón, en poco tiempo empiezan a caer algunas gotas. “Esto es Cantabria, amigos”, sentencia, ante el asombro de todos.

La playa está vacía y solo unos pocos han salido a pasear sus perros por los alrededores. Es una playa pequeña, pero suficiente para el pequeño camping que apenas reúne 50 plazas. Las rocas de un acantilado delimitan su contorno junto al largo rompeolas que queda al otro lado. Y enfrente está Suances. A ojo, parece que está aquí, al lado; que se podría alcanzar a nado. Pero no, por eso precisamente hay un ferri (apenas una barca de 12 metros de eslora) que lleva de la playa de Cuchía a la de Suances. Desde el monte Centinela, se observa todo; solo la Playa de los Caballos escapa de la mirada.

El monte Centinela | Juan Jesús Rubio

El ruido de las gaviotas no cesa. Por la noche, son los grillos. Y los mosquitos son aquí el mayor de los problemas del viajero: las conversaciones mañaneras, al compás de los sorbos de un café son acompañadas siempre de consejos útiles para deshacerse de ellos: quizá un bote con vinagre, quizá simplemente el clásico matamoscas. Los lugareños se muestran muy simpáticos, siempre dispuestos a disfrutar de una buena conversación mientras se pasea por la hierba (y cuidado al pisar, porque probablemente al poco se oiga un crujido: el de los caracoles). Es cierto que viajar aparta las preocupaciones, pero la sensación que se tiene en Cuchía apunta hacia algo más. Estas tierras verdes ignoran (y con descaro) los asuntos “importantes” que vienen de fuera. “Lo único que me interesa es que continúe lloviendo: pasto, pasto para mis vacas”, declara amistosamente Mateo Corrales Rocas, quien es ganadero de la región desde que cumplió los veinte. Las tierras que regenta están situadas justo en pleno litoral, y abarcan varios acantilados. “Antes no había tanto miramiento para esto, y se podía comprar tierra en cualquier sitio”. Habla de la Ley de Costas, modificada en 2015 por el PP, que impide la compra de ciertos terrenos, como podría ser el de Mateo. “A mí no me lo expropian, porque son ya más de cuarenta años”. De todas formas, en el norte el problema no llega hasta las dimensiones que ya ha alcanzado el litoral mediterráneo. Ciudades como Benidorm o Gandía lo atestiguan sobremanera.

Como sea, el turismo en el norte ha sido la causa de que las fronteras se hayan abierto. Las carreteras son nuevas. Antes, estos pueblos y aldeas se sentían encerrados entre valles y montañas. Aislados del resto del país. A veces, se ha hablado de “otro país” tras cruzar las Cordilleras Cantábricas. Se miraba a Cantabria como referencia de una cuna de gentes rudas y campesinas. Las Guerras Carlistas ayudaron a que esta percepción permaneciese en el tiempo: el bando liberal, los seguidores de Isabel II, quisieron forjar tópicos y estereotipos burlescos. Se decía que desde La Coruña hasta Gerona la población era desproporcionalmente ignorante, que se dejaba llevar por los sermones del sacerdote. Hoy día, eliminada toda barrera, solo hay algo claro: la belleza del norte cautivará a todo viajero. Aquí, las olas rompen con fuerza, airadas, contra el litoral; y, sin embargo, aquel que las contemple sentirá un hormigueo interior que desde arriba hasta abajo provocará su relajación.

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Juan Jesus Rubio

Observador y batidor de noticias en Periodismo. Siempre en la vanguardia.

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