Los museos no nacen de la nada, pero Google Maps es tozudo. Allí hay un museo.

Fundación García Chico. Calle de la Paz. Sin número. Cuenca. Abierto del 15 de junio al 18 de septiembre, de jueves a lunes. Entrada gratuita.

Es posible que sólo se trate de un error de Matrix. Es un lugar que no aparece en las guías turísticas ni en las webs institucionales. A los vecinos no les consta su existencia y hay quien dice que ha pasado por esa calle y no ha visto nada. Los habituales de la zona aventuran algunas hipótesis más o menos descabelladas. Pero una web certifica su existencia.

La calle de la Paz es una calle secundaria. La principal del barrio es la calle Larga, que últimamente ha multiplicado los bares y restaurantes más o menos modernos. Este barrio fue tan marginal a lo largo de la historia que nunca se pensó que hubiera alguien tan indigno como para ponerle su nombre a una de sus calles. Aquí habitaban aquellos marginados sociales que no eran admitidos ni en los gremios ni en la decencia. Gente que se quedaba a las puertas de la ciudad.

La calle de la Paz está detrás de “El Panorámico”, histórico pub que ha sido recientemente reformado mejorando su salubridad pero perdiendo su encanto. Los pocos que van más allá de esta calle más que ver buscan no ser vistos. Pero para ser exactos, el barrio ha cambiado mucho en los últimos tiempos. Hay casas rústicas restauradas con gusto, casas de nueva planta en las que se ha invertido mucho dinero y algún solar en venta a precios de alta burguesía.

Imagen: Montero

En uno de estos solares abandonados hay dos carteles. Un “Se Vende” y otro con una reproducción de un bodegón. Parece que llegamos tarde. Afortunadamente es sólo una señal que indica que la Fundación García Chico está en esa dirección.

Imagen: Montero

Desde fuera se ve un muro con enredaderas y una casa antigua de varias plantas restaurada cuidadosamente. Al llamar, una mujer nos abre la puerta y amablemente nos invita a entrar. Esta verja lleva a un pequeño jardín y a un taller exterior donde María Luisa estaba trabajando el barro. Nos invita a pasar a la casa.

Desde el principio te sientes a gusto. Las antiguas dependencias agrícolas de la casa son ahora un bello museo. Viejas ventanas y puertas finamente restauradas se han convertido en marcos para bodegones y paisajes salidos del pincel de la propia Maria Luisa.

Tras lo que debió ser el zaguán vemos las escaleras por las que se accede a la vivienda y continuamos a las antiguas cuadras de la casa. Es el corazón desde el que late la vivienda. La única sala sin ventanas exteriores. El sancta sanctorum de la Fundación. Aquí se exponen las ilustraciones fantásticas de José María García Gutiérrez (1932-2010), profesor de Perspectiva y Dibujo Geométrico en la Facultad de Bellas Artes de Madrid. Artista silencioso, misterioso y discreto. Obras sin explicación. Hipnóticas. Seres de un futuro que ya es pasado.

Discretamente se incorpora a la visita Ruth, hija de María Luisa y José María, autores que dan nombre a la Fundación García Chico, que trata de conservar el legado de una maravillosa historia artística y vital fuera de las corrientes y las modas.

Compraron casa en Cuenca en los años setenta coincidiendo en el tiempo y en el lugar con los grandes abstractos. Forman parte de la segunda generación de artistas llegaron a la ciudad tras los Torner, Zóbel, Saura o Rueda, aunque nunca pertenecieron a ese círculo. Su carácter discreto y su arte fuera del canon mayoritario de la época complementan la historia artística de la ciudad. Siempre caminaron por su propio sendero. María Luisa Chico el de la ribera del Júcar y García Gutiérrez el de su mundo imaginario.

Imagen: Montero

El reguero que aún hoy evacúa el agua de lluvia que escurre por la ladera del Cerro de San Cristóbal servía para evitar la humedad de los muros. Hoy se ha convertido en una maravillosa galería de escultura que nos conduce hasta la ampliación del museo en una edificación anexa dividida en dos plantas. En la planta baja se exponen los bodegones de María Luisa y en la planta superior, a la que se llega a través de unas bellas escaleras de hierro, se reúnen paisajes del Júcar.

Recorremos las salas acompañados por María Luisa y su hija. Mezclamos en la visita los paisajes pintados y los reales que entran por la ventana. Vistas a la hoz y bodegones con vistas a la hoz que se complementan en un maravilloso juego de tiempos, colores e historia vital en el que los paisajes se convierten en paisajes vividos.

Nos trajo aquí la curiosidad y nos llevamos en la mochila un poco de este ambiente mágico que se respira en cada una de las salas. Artistas fuera de la corriente que habitan los espacios de seres que siempre vivieron en los márgenes de la historia.

Al llegar el otoño cierra sus puertas hasta la primavera y sus habitantes, humanos y pictóricos, se refugian del frío al abrigo del microclima de sus gruesos muros. En silencio. Observando con mimo lo que pasa alrededor sin pretender alterarlo. Discretamente. Y cuando llegue la primavera alguien volverá a llamar a la puerta y allí estará María Luisa para compartir un poco de cariño por esta ciudad que tanto ha pintado y que tanto ha vivido.

 

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Aprendiz. Hay demasiadas cosas por aprender como para dejar de hacerlo.

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