El resentimiento de las vocaciones sacerdotales hace que la figura del cura rural cobre protagonismo.

Francisco Jesús Genestal es sacerdote, pero no un sacerdote cualquiera. Tiene casi 50 años, y lleva más de media vida dedicando su vida Dios, acercando la luz del Evangelio a todo aquel que se encuentra confuso o perdido. Es un hombre atento, comprometido y entusiasta. Sus ojos reflejan la verdad más absoluta que jamás haya podido imaginar. Ordenado como sacerdote en Albacete, su tierra, hace ya casi tres décadas, ha desarrollado gran parte de su labor en diferentes parroquias de la ciudad, llegando incluso también a cooperar con varios centros de menores, para lograr la inserción de jóvenes marginados en la sociedad. Es un hombre experimentado con muchas historias y vivencias a su espalda. Ha llegado incluso a oficiar misas en el Vaticano; y sin embargo, ahora, va todos los días de la semana de pueblo en pueblo, llevando la Palabra de Dios a los rincones más recónditos de la comarca manchega. Albatana, Liétor y Ontur son algunos de los municipios a los que se acerca a diario para ejercer su cometido; sin olvidarnos de Hellín, dado que es allí donde oficialmente está destinado.

Francisco Jesús, durante una homilía / Pedro Quílez

La brutal sequía en el ámbito de las vocaciones le ha obligado “a vivir prácticamente en la carretera”, como afirma, ya que pasa gran parte del día recorriendo kilómetros. “A este paso me va a merecer la pena comprar una caravana”, comenta entre risas. Le gusta madrugar y aprovechar al máximo el día, además de que sus responsabilidades así se lo exigen. Pone la alarma del despertador a las seis y cuarto de la mañana. Se levanta muy eufórico y animado, pues le apasiona con locura la vida que lleva. Para él, haber descubierto a Jesús, y que éste le haya otorgado el don de la fe, ha sido un verdadero regalo: “Me siento afortunado, un auténtico privilegiado”, explica. Dedica siempre un rato a la oración antes de embarcarse en la aventura cotidiana que supone para él desplazarse entre los pueblos rurales de la serranía albaceteña. Una vez preparado, coge su Renault Laguna y pone rumbo a Albatana, que es la primera parada del camino. La música de José Luis Perales siempre suena de fondo mientras realiza los trayectos: “Nunca me cansaré de escucharlo”, comenta. Treinta y cinco minutos tarda en llegar al primer destino del día. La hora de la misa es a las ocho y cuarto. Como su madre ha reconocido en más de una ocasión, es madrugador por naturaleza. Llega sobrado de tiempo, con un amplio margen hasta que da comienzo la misa, por lo que Paco, sacristán de la iglesia, le espera en la sacristía con un café bien caliente. En invierno reconoce que “con el frío todo se hace menos llevadero”, pero con la ayuda de Dios todo resulta más fácil.

Al terminar de celebrar la Eucaristía, charla un rato con sus feligreses y prepara con ellos la temática de la reunión que vayan a realizar en el Consejo de Pastoral de la parroquia esa misma semana. Una vez acaban, toca volver a la carretera. Por delante, casi una hora de viaje hasta llegar a Liétor. Cuarenta y cinco kilómetros en los que suena ininterrumpidamente el Maestro Perales. Allí la misa es a media mañana, concretamente a las once. En este caso, no le esperan con un café caliente, pero al terminar de oficiar la misa, los parroquianos le tienen preparado un aperitivo, en señal de agradecimiento. “Me cuidan muy bien desde el primer día, demasiado bien”, apunta. Y añade: “Los letuarios son gente muy agradecida y hospitalaria, así que no tengo queja, por lo que espero seguir con ellos muchos años más”. Tras interesarse por el día a día de sus fieles y dejar preparadas las clases de catequesis de los niños del pueblo, toca poner rumbo a la última parada de la mañana, Ontur.

Durante el recorrido se pueden escuchar desde las pegadizas y reconocidas: “Un velero llamado libertad” y “Canción de otoño”, hasta las baladas románticas “Y cómo es él”, “Amor sin límites” y “Dime”, pasando entre medias algunas otras, como el canto en favor de la infancia “Que canten los niños”, y grandes éxitos, como “Ella y él” y “Canción para la navidad”. Es la distancia más larga que realiza al cabo del día, pero sin embargo, es la que más corta le resulta, dado que en este último desplazamiento le acompaña Tomás, un joven lugareño que, aún por increíble que parezca, desea ser sacerdote e ingresar en el seminario. Con sus apenas diecinueve años recién cumplidos, el muchacho ha sentido la llamada del Señor; dice tener las ideas muy claras, ya que ha pensado y reflexionado mucho sobre el tema.

“No es un camino fácil, hay momentos de todo tipo, pero al final seguir a Dios, compensa y realmente merece la pena”

De un modo u otro, Francisco Jesús se ve identificado en él, por lo que pretende guiarlo en el reto que supone el discernimiento vocacional para encontrar su camino. Mientras suena la música, bajan el volumen a Perales y el joven ontureño aprovecha para poner en conocimiento del cura rural sus impresiones acerca de la vida que anhela emprender. Éste intenta aconsejarle relatándole desde su propia experiencia: “No es un camino fácil, hay momentos de todo tipo, pero al final seguir a Dios, compensa y realmente merece la pena”, espeta. “Te das cuenta que el preocuparte por el prójimo y servir a los que lo necesitan, genera una felicidad abrumadora”, añade. Al muchacho estos ratos le dan la vida, no hay más que ver la atención con la que escucha sus palabras, y el brillo que hay en sus ojos: “Cada día tengo más claro el rumbo que le estoy dando a mi vida”, afirma. Entre tanto, el viaje continúa y la llegada al destino está más próxima.

 

Francisco Jesús con sus parroquianos en una de las comidas en Ontur / Enrique Martínez Galera

Una vez en Ontur, Francisco Jesús se dispone a celebrar la última homilía de la mañana, pero ésta tiene un sabor especial, ya que Tomás, ejerce de monaguillo durante el acto. Sin duda, se trata de una experiencia enriquecedora, ya que en muchas de las frases y reflexiones del sermón, el joven reconoce sentirse identificado: “Es como si esas palabras fueran dirigidas hacia mí”, afirma. Allí la hora de la misa es a la una y diez del mediodía, por lo que tras acabar ésta, los feligreses instan al cura y a su acompañante a que se queden a comer en el pueblo, ya que éstos previamente se habían encargado de montar en los salones parroquiales una especie de convite en el que cada uno de los parroquianos traía consigo un plato de comida elaborado en casa.

Vocaciones a la baja

Tras despedirse de los ontureños, Francisco Jesús vuelve a Hellín. Durante el trayecto se muestra contrariado. No por el trabajo y lo que supone oficiar tres misas en tres pueblos diferentes, sino por la pérdida de fe en la que parece estar inmersa la sociedad actual, y más concretamente, por la drástica bajada en el número de sacerdotes. “No es un tema para tomarlo a la ligera, más bien todo lo contrario”, reconoce. La situación es más delicada de lo que parece, dado que además de haber menos hombres que sientan la llamada de Dios y quieran ser sacerdotes, un amplio sector de los que hay, envejece con el paso del tiempo. “Es una cuestión complicada, ya que es algo estrictamente vocacional”, comenta el Obispo de Albacete, don Ciriaco Benavente. Al igual que existen crisis económicas y financieras, también se puede hablar de una “crisis religiosa”, ya que parece que la gente de un tiempo a esta parte le preocupe menos la religión. Muchas especulaciones y elucubraciones al respecto, pero al final lo único que queda claro y patente es el remarcado declive en el número de vocaciones religiosas.

Voces acreditadas, como la del ex Delegado de misiones, José Joaquín Tárraga, apunta a que el acentuado descenso se debe en parte a que “el lenguaje de la Iglesia se ha quedado obsoleto, anticuado”, y es por ello por lo que “el mensaje de Dios no termina de calar en las personas”, añade. Los tiempos cambian, y con ello también la mentalidad de la gente. Por tanto, como bien dice el Papa Francisco: “Tenemos que reformar las instituciones eclesiásticas; si las personas han cambiado, la Iglesia se debe sumar al cambio”. Otro motivo  que ha influido negativamente en la Iglesia y que puede haber agravado aún más esta situación son “los escándalos relacionados con los abusos sexuales”, comenta Francisco Jesús. Y añade: “Esto ha dañado gravemente la imagen del sacerdote en el mundo actual; ya que en tiempos pasados era una pieza fundamental en el entramado social”.

Antes la figura del cura era respetaba, se valoraba la gran labor de ayuda y compromiso social que realizaba en todos los ámbitos. Ahora, sin embargo, se le tiene miedo. Apenas se le reconoce el mérito de la tarea tan ardua que lleva a cabo. E incluso, se podría llegar a decir que hay cierto grado de escepticismo en cuanto a los sacerdotes, en lo que todo lo negativo que les rodea, pesa más que todo lo bueno que puedan llegar a aportar. Todo ello ha desembocado a que se vean envueltos en una espiral de desconfianza y duda constante por parte de la gente. Por tanto, ese miedo inusitado ha generado que se despueblen las iglesias los domingos, a que entre semana también estén semiabandonadas, y lo que es aún peor, a que el número de religiosos caiga en picado. Y como fatal consecuencia de todo esto, a que no haya jóvenes dispuestos, como Tomás, a ser sacerdotes, debido al sombrío halo de misterio y oscuridad que envuelve a un maltrecho cristianismo.

 

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