El presidente del Gobierno volvió a dar pruebas de su indudable talento y talante. El rey de la inmovilidad sugirió que en eso de la brecha salarial entre hombres y mujeres lo mejor es “no meterse”. Cada vez son más las cosas sobre las que este imperturbable anti-héroe de la modernidad decide no hacer nada, así se hunda el mundo. El hombre recibió tal abucheo que hubo de hacer como que rectificaba.

No sabemos si lo de “no meterse” vale también cuando se paga menos a un negro, un homosexual o un farmacéutico de León. Como el hombre no se explica, no sabemos si ese “no meterse” es un rasgo de carácter  -abulia, podría llamarse- o tiene un fundamento ideológico en el núcleo duro de sus convicciones liberales. Es sabido que el liberalismo desaconseja cualquier injerencia del Estado en la vida de las empresas.

Ahora recuerdo que el primer pronunciamiento público que se le conoce a Rajoy fueron dos artículos del Faro de Vigoen 1983 y 1984 (pueden verse aquí) en los que defendía antropológicamente la desigualdad. Esto apuntaría a que estamos ante una idea “liberal” arraigada, pero el hecho de que no la haya matizado ni siquiera un poquito desde hace 40 años, haciendo honor a su proverbial inmovilidad, sugiere de nuevo el rasgo de carácter.

El misterio de Rajoy no lo desvela ni su máxime intérprete en la tierra, el “marianólogo” Antón Losada. Quizá un detenido examen de sus lecturas arrojara alguna luz sobre sus convicciones, pero ya les adelanto que la afición excesiva por las páginas del AS tiene, por fuerza, que abrir una brecha en la mente del más pintado. Ese puede que sea el problema.

Brecha salarial

Pero volviendo al tema de la brecha salarial (no se pierdan este artículo) en la que Rajoy no quiere entrar: de lo que estamos hablando es de pagar a las mujeres un 78% menos en las horas extraordinarias, un 30% menos en complementos salariales y un 36% menos en pagas extraordinarias, según UGT. Casi nada. Así que mejor dejamos ya lo de la no injerencia gubernamental en las empresas, porque aquí es la ley la que se incumple. A no ser que, por aquello de no interferir, nos carguemos la Ley de Igualdad que, ahora que lo pienso, el presidente sugiere incumplir. Y, ya puestos, ¿por qué no las leyes laborales y los convenios colectivos?… Ahora que lo pienso, eso también casi se lo cargó con su reforma laboral de 2012. Mejor no meterse, que diría aquel.

Cuando aún no nos había llegado la crisis internacional de 2008 que los gobiernos aprovecharon para devaluar salarios, las centrales sindicales negociaban planes obligatorios de Igualdad en las empresas y principales sectores económicos. Luego, el sindicalismo fue barrido, o noqueado, no por la crisis, sino por la austeridad y las reformas laborales y de aquellos planes nunca más se supo. Así que no es raro que en cuestiones de igualdad de género hayamos retrocedido casi hasta niveles premodernos.

La ofensiva neoliberal, sintiéndose fuerte en este y otros terrenos, prepara ahora un ataque en varios frentes. La iniciativa de Ciudadanos –inexplicablemente bien vista en algunos sectores de la izquierda ensimismada- para regular los “vientres de alquiler” es uno de ellos. La filosofía de fondo es perfectamente marianista: si una persona llega a un acuerdo privado para gestar el hijo de otra, ¿por qué va a meterse el Estado en un asunto tan personal?

Y el otro frente, el de la regularización del “trabajo sexual”, va por el mismo camino: si la prostitución es voluntaria, es un medio de vida como cualquier otro, por tanto, “mejor no meterse”. Que eso lance un mensaje perverso sobre qué es el sexo y sobre qué partes del cuerpo son negociables en el mercado libre o sobre quién tiene el poder cuando hay pasta de por medio, no importa lo más mínimo. Es más, son prejuicios moralistas de monja seglar. La doctrina inmovilista de Mariano resulta al final ser puro liberalismo decente.

Como yo no soy liberal y menos aún decente, me inclino a creer que todo es parte de la lucha por la desigualdad(sí, digo “por” y no “contra”), que en el fondo es la gran empresa del capitalismo desde hace tres siglos, tal como explicó Gonzalo Pontón en un libro con ese mismo título. Que luego Stiglitz demostrara que, además de inmoral, el exceso de desigualdad es ineficiente, resulta una objeción muy menor para liberales de pro.

Ahora que andan presumiendo de recuperación económica sería hora de que el sindicalismo saliera del shock y emprendiera una campaña extensa e intensa por la recuperación salarial, es decir, por el reparto de una parte de lo que el capital ha acumulado durante la crisis. El centro de esa batalla debería ser, precisamente, corregir la patriarcal brecha salarial, “metiéndose bien a fondo” en la privacidad de las empresas, mal que le pese a Rajoy.

Brecha salarial en España

La huelga combinada del 8 de marzo tiene su razón de ser. Sin ese frente unido sindical/feminista, los beneficiarios de la crisis nos comerán por los pies, ahora que tienen preparado, como nos explican Ariño y Romero, su secesión de los ricos, para que dejemos de molestarles con nuestras leyes.

No es nada extraño que en esto de corregir la brecha salarial que discrimina a las mujeres por el hecho de serlo, los que vayan por delante sean aquellos países donde también se toman en serio las otras desigualdades. Esas que al Mariano Rajoy de 1984 le parecían tan “naturales” que intentar corregirlas no era más que “envidia igualitaria”. Países como Islandia o Noruega no avanzan en este campo sólo gracias a gobiernos de mujeres, sino a que esas mujeres gobiernan a lomos de una ola feminista de “tomo y lomo”. Ese es el caso de Islandia, donde acaba de entrar en vigor una legislación que obliga a las empresas, bajo multa, a demostrar que pagan igual a hombres y mujeres por el mismo trabajo. Esa es la clave, que lo demuestren las empresas y no las trabajadoras agraviadas. Vamos, la pesadilla de Rajoy.

Miremos de nuevo a Europa sin ningún complejo. Que sea Islandia nuestro norte y guía en eso de la brecha, como también en lo de los vientres y la prostitución. Vamos, en eso de la igualdad. Ellos juegan con ventaja porque no tienen un presidente liberal o abúlico. Debe ser porque allí, además de la brecha salarial han combatido a fondo la brecha mental, que es mucho peor.

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