La Constitución de 1978 resolvió uno de los principales problemas de la historia constitucional española. Establece el art 1.2 CE, la soberanía nacional reside en el pueblo español del que emanan todos los poderes del Estado. No obstante, el concepto de soberanía conlleva detrás un largo proceso de diferentes cuestiones teóricas y prácticas a lo largo de la historia. Estas cuestiones no pueden resumirse en lo expuesto en la Constitución Española. Manuel Jiménez de Parga, expresidente del Tribunal Constitucional, afirmaba que la soberanía es el pueblo español, por ello ninguna comunidad, grupo o sector puede intentar ser soberano. Para él, la soberanía era una e indivisible, y corresponde al pueblo español, no a un sector de éste.

El origen de este concepto político se basa en el conflicto de la estructura del poder. La idea de soberanía apareció en relación con la monarquía absoluta. Pero a día de hoy aún no ha desaparecido, lo que ha provocado numerosos conflictos. El término soberanía se puede encontrar tanto en las monarquías absolutas como en la democracia. La diferencia entre ambas es clara, en la monarquía absoluta, la soberanía pertenece únicamente al rey o monarca. Siendo este sobre el que recaen todos los poderes públicos. Definiendo la soberanía como poder absoluto, no solo en las monarquías el poder recae sobre una sola persona. Esta percepción de la soberanía se mantuvo incluso durante todo el régimen franquista. Durante esta etapa de la historia de España, el Jefe de Estado era quien representaba el país. Era la personificación total de la soberanía, así como el ejecutor de todos los poderes supremos del Estado. No obstante, con la llegada de la Democracia, el soberano ya no es el rey o monarca, sino los ciudadanos.

La adaptación de este término a la democracia provocó ciertas discrepancias en la sociedad. Hans Kelsen entendía el sistema entero del Derecho de manera internacional. Esta era la única forma de concebir al sistema jurídico dentro de una soberanía. Así, el Estado obtenía su soberanía de este derecho, y a su vez, las Comunidades Autónomas la recibían del Estado. En cambio, Carl Schmitt comprendía este pensamiento de otro modo. Atendía a la soberanía como un concepto teológico secularizado, es decir, una idea proveniente históricamente de los conceptos teológicos. La soberanía podía ser un concepto análogo entre lo jurídico y la teología.

Cuando aparecieron los derechos humanos surgieron de nuevo las discusiones. Estos, según diversos estados, limitaban de forma inapelable a la soberanía. Para algunos estados como Alemania, los derechos exponían cómo tenían que actuar ante sus ciudadanos. Actualmente, no se pueden limitar los derechos de forma absoluta. Los derechos humanos han de ser protegidos y son un criterio legítimo de todos los estados.

Hay problemas globales que no se pueden resolver desde las soberanías nacionales cerradas. Esto nos ha llevado a un concepto nuevo: soberanía compartida.  Una soberanía donde existen diferentes figuras y maneras de entenderla, donde el Estado tiene un fuerte poder estatal que les permiten gobernar.

Un uso inapropiado de la soberanía

Actualmente el espíritu de este análisis sigue estando más presente que nunca. El sentimiento independentista catalán ha llevado a una actitud de rivalidad entre el Estado Español y el Gobierno de Cataluña. A consecuencia de esto, se ha creado una actitud separatista en la sociedad española

La independencia que tanto ansía una parte de  Cataluña no es algo novedoso, este carácter independentista lo ha expresado desde el siglo XIX. Dónde apareció el primer artículo proponiendo a Cataluña como un estado propio. No obstante, no fue hasta 1918 cuando aparecieron las primeras organizaciones independentistas. Tras la Guerra Civil, se volvió a reivindicar la independencia de Cataluña, pero fue rechazada, así como el Estatuto de Autonomía de Cataluña de 1932.

No fue hasta el año 2006 cuando se aprobó el Estatuto de Cataluña. Este recoge una serie de mandatos que conciernen al territorio catalán. Entre ellos encontramos la soberanía del pueblo catalán en el derecho a decidir, mediante un referéndum, los procesos que conciernen sola y exclusivamente a la comunidad catalana. El Tribunal Constitucional declaró, en la Sentencia 31/2010, la inconstitucionalidad de ciertos aspectos del Estatuto. En primer lugar, la contradicción constitucional vigente. En segundo lugar, la supuesta validez jurídica de la declaración del Estatuto. Y en tercer lugar, la soberanía del pueblo catalán sobre el derecho a decidir a través de un referéndum que se aprobaría a través de esa declaración. Este hecho por parte del Tribunal Constitucional, fue un gran ataque hacia aquellos nacionalistas catalanes que ansiaban la idea de Cataluña como un estado independiente.

Desde este momento, el objetivo del Gobierno catalán es realizar un referéndum para los ciudadanos catalanes con el fin de determinar el estado de Cataluña. Para ello el gobierno aprueba en el Parlamento una declaración soberanista. Aquí comienza un desafío entre el Gobierno Español y los representantes catalanes por la soberanía del territorio catalán. La incansable lucha de los catalanes por la independencia, hace que en 2014 se realice una consulta ilegal a los ciudadanos. En este caso, la resolución fue mayoritaria para los independentistas. No obstante, el Tribunal Constitucional anulaba totalmente la declaración soberanista del territorio.

Desde 2010 hasta la actualidad, han sido numerosos los intentos soberanistas del gobierno independentista catalán, todos ellos declarados de nulidad constitucional. En este periodo de tiempo, el sentimiento independentista ha ido creciendo cada vez más. En 2013 se produjo en Cataluña una declaración de soberanía. El Parlamento Catalán aprobó la “Declaración de Soberanía y del derecho a decidir del Pueblo de Cataluña”. Pero fue anulado más tarde por el Tribunal Constitucional. En 2017 sigue el incesable camino de lograr que Cataluña se independice de España de forma permanente. El 1 de Octubre se volvió a realizar lo que se ha conocido como “referéndum 1-O”. No obstante, además de realizarse de forma ilegal, según la Costitución, no debería ser llamado como referéndum. Es una consulta  dirigida solo a una parte de la población española.

Esta consulta obtuvo un 90% de los votos a favor de la independencia. A pesar de su insistencia y el paso hacia delante que suponían los resultados para la independencia, fue marcado como inconstitucional y rechazado de nuevo por el Tribunal Constitucional. Desde este momento Cataluña se divide, a un lado aquellos que están a favor del soberanismo catalán, y por otro, los que quieren seguir formando parte  de España como Soberanía Nacional.

El hecho de independizarse de un país constituye la ruptura con los artículos 1.2 y 2 de la Constitución. Considerar la idea de que Cataluña se independice de España conlleva la salida inmediata de la Unión Europea, así como la salida del euro y del Banco Central Europeo. Perdiendo así el derecho a financiaciones o ayudas del mismo. El hecho del abandono del Estado Español y una supuesta incorporación a la UE supondría un largo periodo de negociaciones. Para ello, deberían solicitar el ingreso como nuevo miembro, lo que requeriría así mismo la conformidad unánime de todos los estados miembros. Con esto también se le privaría de libertad de movimiento entre los países miembros.

Esta acción es una violación de la Constitución Española, y así mismo también lo sería de los Tratados de la UE, ya que se rompería el Estado de Derecho y la integridad territorial. Esto se debe a que al independizarse del Estado Español, los ciudadanos catalanes dejarían de tener derechos dentro de la organización. Perderían así mismo el Estado de Derecho, los derechos como ciudadanos europeos, y la integridad territorial anteriormente mencionada.

Aquellos que defienden la idea de una Cataluña independiente, afirman en todo momento que esta idea está dentro del marco constitucional y legal. Los ciudadanos independentistas entienden que su derecho a decidir debería ser permitido a los ojos de la ley, ya que es el principal pilar de la democracia. No obstante, el Gobierno Español mantiene que en la Constitución, España es un país unitario e indivisible. La soberanía pertenece al pueblo español como nación, no solo a los ciudadanos de una Comunidad Autónoma.

Los referéndums realizados en Cataluña carecen de carácter legal. Estos procesos consultivos están aceptados constitucionalmente para conocer la opinión de todos los ciudadanos sobre temas políticos trascendentes en todo el Estado.

Por lo tanto, el territorio de Cataluña, a pesar de las numerosas consultas realizadas a su población, no puede decidir legalmente su separación de España. Esto solo sería posible si el pueblo español como soberano, tras un proceso constituyente, aceptase la separación de Cataluña del Estado Español.

En el siguiente mapa se puede apreciar la cantidad de votos en las elecciones catalanas. En él, se observa la división territorial en cuanto a la elección independentista. Las zonas dónde los votos independentistas han salido mayoritarios se asocia al medio rural de la Comunidad Autónoma. Mientras que en los grandes núcleos urbanos, la mayoría de los votos fueron en contra.

Imagen obtenida de ABC

La otra cara de la soberanía

En una Europa donde la crisis económica aún se encuentra instalada y  donde la Unión Europea se encuentra sumergida en una gran crisis política, el tema de la soberanía vuelve con más fuerza que nunca. En la primera participación del presidente de EEUU, Donald Trump, en la Asamblea General de Naciones Unidas, la palabra “Soberanía” apareció un total de veintiuna veces. Mientras  tanto, el presidente francés, Emmanuel Macron, también pronunciaba este concepto en numerosas ocasiones, tomándolo como referencia para su modelo de Europa.

Ante esta situación, Bruselas arriesga por reformar y fortalecer la gobernanza comunitaria. Y con ello, empuja a que los estados concedan más soberanía para hacer una unión más europeísta.

Dejando a un lado los diferentes aspectos ideológicos de cada partido, se puede afirmar que los nuevos partidos y las izquierdas han vuelto a considerar primordial el debate de la soberanía.

En algunas situaciones, han reclamado que las instituciones supuestamente democráticas adquieran protagonismo frente aquellas que no tienen legalidad. Además solicitan la participación directa de los ciudadanos, mediante referéndum y consultas, como por ejemplo, el caso de Cataluña. Para conseguir una solución factible, habría que localizar un equilibrio que incrementara las competencias del Parlamento Europeo, a la vez que, se crearan espacios donde la participación y la intervención ciudadana fueran posibles.

La nueva moda de los nacionalismos está recorriendo Europa, desde España hasta Francia e incluyendo Reino Unido. En este último caso encontramos una de las luchas más persistentes por la independencia de un país.

Escocia llevó a cabo un referéndum en 2014 para conocer la opinión de sus ciudadanos ante la posible independencia de Reino Unido. Fueron el Gobierno escocés y británico quienes llegaron a un acuerdo para llevar a cabo el referéndum. La pregunta lanzada a los ciudadanos para esta consulta era directa: ¿Debe ser Escocia un país independiente?

Los ciudadanos de Reino Unido respondieron a la consulta con una participación de casi el 85% de la población. Como resultado salió, con una mayoría muy reñida, la permanencia de Escocia en el Reino Unido con un 55,3%, apoyados por el partido Conservador y el Laborista. Los partidarios de la independencia de Escocia, se quedaron a poco más de 10 puntos por debajo, con un 44.7% de los votos.

Para comprender el caso escocés, hay que fijarse explícitamente en el sistema jurídico británico. Reino Unido cuenta con un sistema poco centralizado, por lo que Escocia posee un ordenamiento jurídico propio. Basándose en este sistema, el gobierno británico debía posibilitar al escocés la opción de una consulta. En la celebración de este referéndum, dos principios jurídicos jugaron un papel esencial: el principio de soberanía legislativa parlamentaria y el principio de soberanía compartida.

Dentro de la soberanía legislativa parlamentaria, el Parlamento británico es la única institución que cuenta con el poder absoluto para modificar o derogar una ley. Trasladando esto al caso escocés, hay que señalar que únicamente el Parlamento de Reino Unido tenía la potestad para modificar la ley que permitiera al Parlamento escocer celebrar el referéndum. De esta manera con el visto bueno del parlamento británico, Escocia pudo celebrar el referéndum.

En cuanto a la soberanía dividida, hay que entender que el papel del Parlamento Británico, a pesar de estar formado mayoritariamente por unionistas, no tiene plena soberanía sobre Reino Unido. Esta no plena soberanía viene dada tras la Scotland Act de 1998, en la que se estableció un sistema casi federal en el Reino Unido. Hasta ese año el Parlamento británico y el escocés habían trabajado como una entidad conjunta pero a partir de ese momento, el parlamento escocés pasaba a limitar las competencias del Parlamento británico, de forma semejante a lo que sucede en los sistemas federales.

Aplicando esta cuestión al referéndum, el Parlamento británico consciente de su límite soberano sobre el territorio de Escocia, decidió permitir el referéndum. Si el Parlamento se opusiera o negara la posibilidad de celebrar el referéndum, estaría negando a su vez, la soberanía del Parlamento escocés.

Respecto al hipotético futuro de una Escocia independiente, hay diferentes formas de ver su admisión en la Unión Europea. Tres años más tarde del referéndum escocés, la votación a favor del Brexit en Reino Unido supuso el camino hacia la ruptura con la UE. Este hecho ha provocado que muchos escoceses salgan de nuevo a las calles pidiendo un nuevo referéndum. ­­Todo ello con el fin permanecer dentro de la UE.

El Gobierno Escocés afirma que, en el supuesto caso de independencia, este no debería ser elegido por votación como nuevo miembro de la UE. Lo considera como un caso especial en el que un territorio, ya dentro de la organización, no se le debería aplicar el art.49 del Tratado de la UE.

No obstante, la UE estaría dispuesta a permitir a Escocia, ya independizada, ingresar de nuevo en ella. Para ello Escocia debería solicitar su adhesión, la cual sería negociada con la Comisión Europea y contar con la aprobación del resto de participantes del bloque. Bruselas consistiría la entrada de este nuevo socio, que además contribuiría netamente a los presupuestos europeos.

Odiosas comparaciones

El Gobierno catalán no ha dudado, en ciertas ocasiones, en compararse con otros territorios que han reivindicado la independencia. El fallo de esta comparación lo encontramos al ver cómo el nacionalismo catalán no se ha detenido a conocer las circunstancias en las que se encontraban el resto de territorios. En este caso hablamos de las infinitas comparaciones del caso catalán que se han hecho con Escocia, desde el año 2013 hasta el actual momento. Comparaciones de poca validez, al dejar de lado las circunstancias históricas, sociales, políticas y jurídicas, entre otras. Por lo tanto para comprender que estas comparaciones no son del todo válidas hay que tener claro ciertos aspectos.

En primer lugar hay que referirse a la historia de ambos territorios. Tal como dijo la ministra principal de Escocia, Nicola Sturgeon, ni Escocia es lo mismo que Cataluña, ni España es lo mismo que Reino Unido. Cataluña en ningún momento de la historia ha sido considerado país independiente. No lo fue cuando pertenecía a una serie de territorios pirenaicos en el siglo XI,  ni muchos menos tras su unión a Aragón por el matrimonio de los Reyes Católicos. En cambio, la historia de Escocia es totalmente diferente. Durante siglos fue un reino independiente.

No fue hasta el año 1707, con el acuerdo del Act of Union, cuando se produjo la unión a Gales e Inglaterra para formar así Reino Unido.

En segundo lugar se ha de tener en cuenta la legalidad con la que han actuado Escocia y Cataluña. Por un lado, Escocia firmo en el año 2012 con el Gobierno británico un acuerdo en Edimburgo. Este acuerdo permitía al Parlamento escocés celebrar un referéndum. Por consiguiente, la consulta llevada a cabo en 2014 fue un acto consensuado y aceptado. Por el contrario, Cataluña celebró la consulta independista  a pesar de que el Tribunal Constitucional había prohibido dicho acto. Además hay que señalar la negación de la Constitución Española, proclamando la indivisibilidad del Estado Español. Mientras tanto Reino Unido no cuenta con una Constitución que se oponga a la celebración de un referéndum en Escocia. Por lo tanto, al no existir una Constitución común, se conserva el derecho de separación, tal y como aparece en los acuerdos de naturaleza internacional. Otra diferencia más entre estos dos casos de independencia.

En tercer lugar, encontramos el resultado o las consecuencias económicas para los países concernientes. A pesar de ser ambos, Escocia y Cataluña, territorios económicamente prósperos,  sufrirían pérdidas monetarias. Pero la repercusión no sería la misma, mientras Cataluña reúne, según datos del INE, casi un 19% de la producción de España, Escocia aporta el 7,7% en bienes y servicios al Índice de Valor Agregado (GVA), medida utilizada por la Oficina Nacional Estadística de Reino Unido para medir la producción del país.

A nivel  económico pero también social, hay que añadir que Cataluña es una de las regiones más ricas de España y que los catalanes a favor de una independencia, son los que poseen una renta más alta. Mientras tanto la independencia de Escocia se sustentaría gracias a la clase trabajadora.

La soberanía como desafío político

La comparación de estas dos posibilidades de referéndum es expuesta para comprender las diferentes visiones que encontramos acerca del término “soberanía”. Para ello ha habido que conocer la formación histórica- política tanto de Reino Unido como de España, la cual se ha visto reflejada en los sistemas jurídicos, completamente distintos uno de otro.

Para celebrar un referéndum independentista es preciso cumplir en todo momento con lo que dicta la ley y la Constitución, e incluso modificarla para que la opción sea lo más consensuada posible.

Está claro que una de las diferencias entre los referéndums de Escocia y Cataluña se basa en la actitud de ambos con sus respectivos países. Entretanto Escocia pactaba de manera consensuada, Cataluña lo hacía de manera discrepante.

Retomando la idea de soberanía, se ha examinado la cultura jurídica de ambos territorios. En el caso británico, la soberanía reside en el parlamento, y parte de ella, a su vez, reside en el parlamento escocés. En el caso español, la soberanía reside en el conjunto de los españoles. Por lo que para que un referéndum fuera posible, a parte de una modificación de la Constitución, debería de contar con la participación de todos los españoles, no solo del territorio en cuestión.

Tras la exposición de todo este análisis, estimo, tal y como manifestó la Abogacía del Estado ante el Tribunal Constitucional, que el Parlamento Catalán hizo uso de un derecho el cual no le pertenecía, la supuesta soberanía del pueblo catalán. Por tanto concibo la soberanía como un derecho que debe ser ejercitado por todos y cada uno de los españoles. Una decisión de tal dimensión, como es la secesión unilateral de una parte del territorio español, no puede ser determinada por una sola comunidad,  sino por todo el conjunto de territorios. Además hay que precisar y desvincular el caso catalán y escocés. Sostengo la imposibilidad de comparar dos territorios con sistemas políticos distintos, y por consiguiente, con una concepción de soberanía diferenciada. Por tanto, a pesar de todas las cuestiones teóricas y prácticas, el soberanismo y el derecho a la autodeterminación siguen constituyéndose como un gran desafío para los Estados.

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