Grandes edificios vacíos. La planta de un rascacielos de la que solo quedan los restos de una mudanza. Un exbanquero alemán mira hacia el distrito financiero de Fráncfort por la gran ventana de la que pudo ser su empresa.

Rainer Voss recuerda con añoranza lo que fue su trabajo, aun sabiendo que fue una pieza clave del sistema por el medio del cual se realizaron muchas inversiones que provocaron la crisis. Explica detalladamente la burbuja en la que entró una vez empezó a trabajar en el banco, el Deustche Bank. La barrera que se forma entre lo de dentro, el banco, y lo que queda fuera: familia y amigos. El mundo exterior empieza a dejar de importarle, no se relaciona con ellos. Su vida está dentro de cuatro paredes. Y dentro de esas cuatro paredes te crees el rey del universo.

Marc Bauder muestra en su documental “Confesiones de un banquero” a un inquietante personaje que desvela el mundo paralelo de los ingresos desorbitados y las presiones para conseguirlos. Voss cuenta que la avaricia es mucho más importante que el propio dinero y afirma que las inversiones son como “jugar a la ruleta”. El único objetivo es conseguir beneficios. Independientemente de quién se pueda arruinar al otro lado.

En una de sus frases célebres, Voss dice que “los bancos tienen un plan B para todo. Bueno, para casi todo. Porque no hay plan B para esta crisis”. Sabían donde se estaban metiendo y aún así siguieron.

Además, en un alarde de superioridad, Rainer Voss cuenta que los mayores bancos de Europa sabían perfectamente que Portugal iba a entrar en crisis el primero, era el país más pequeño. Y que después iría Grecia y luego llegaría España. De España dice que le da pena, que la gente está empezando a plantar en sus jardines hortalizas porque no tienen dinero. Que estuvo hace poco. Es que tiene una casa en Barcelona, se la compró al poco de empezar a trabajar. Y dice, seguro de sí mismo, que próximamente será Francia el país que peligrará en la Eurozona. Así ocurrió. Todo puede explotar en cualquier momento. Y sería una catástrofe.

Puedes enfadarte o protestar, pero los edificios siguen vacíos. Un sistema que consigue aislar del mundo exterior a los banqueros y los convierte en personas incapaces de reflexionar con el daño que pueden hacer con su propio trabajo. Y ahora la crisis de la que ellos, de una manera u otra fueron partícipes, nos afecta a todos. Incluso a ellos.

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