Las jornadas sobre “Comunicar en el abismo”, realizadas en la Facultad de Comunicación en la UCLM, han contado con la presencia de dos profesionales del mundo del Periodismo: Ana Pardo de Vera y Yuly Jara. Periodismo de investigación y Periodismo de datos han sido los grandes protagonistas en una época convulsa y compleja para la profesión, cada vez más denostada. Pero, debemos plantearnos: ¿es el Periodismo una narrativa con su propio comienzo y final? ¿O no es más que un altavoz para dar a conocer nuevos relatos?

 

“El periodismo no es un oficio, sino un estilo de vida”, así adentraba Ana Pardo a los futuros periodistas de la facultad de Comunicación al fascinante y complejo mundo del Periodismo. Un cosmos propio y absorbente, que te envuelve no en una, sino en mil historias. Pero, ¿es el Periodismo una narrativa completa? No basta con tener vivencias que narrar: necesitamos centrar nuestra atención en los elementos básicos de toda narrativa para poder analizar el periodismo como si tuviera un relato propio, con sus personajes, sus normas, sus conflictos, su mundo y, sobre todo, su coherencia.

 

Como toda historia clásica, empezaremos por el principio, por los personajes de nuestra particular narrativa: sin personas no hay historia, y de esto el periodismo sabe y mucho. Existen dos formas de personificación que utilizamos para narrar historias: la primera, la del propio periodista, el narrador que, supuestamente, cuenta lo que ve, acercándonos a la realidad que vive. Pero, ¿de quién extrae el periodista sus informaciones? De las personas, de todos los que compartimos este espacio (aunque no este tiempo).  Por ello, Ana Pardo insiste en la importancia de la educación para que la sociedad conozca su derecho a estar bien documentada, pues “un ciudadano mal informado es un ciudadano manipulado”, un personaje que no actúa con voz propia.

 

El periodismo, al igual que una buena película, está escrito por guionistas que viven para contar. Tienen el poder de reconstruir la realidad, firmando un contrato de fidelidad con la sociedad a la que se deben. “El problema llega cuando mezclamos información (datos) con opinión, y esto lo que hace es confundir…hay que conocer la alfabetización mediática, interpretar el lenguaje de los medios de comunicación”[1], recuerda Rosa María Calaf, periodista para muchos y referente para otros cuantos en el mundo que nos atañe ahora.

 

Hay que tener en cuenta que “como periodistas hay que rascar e ir más allá para que no nos la cuelen”, ha afirmado Yuly Jara, periodista de datos en Maldita.es. El trabajo del narrador, del periodista riguroso y fiel a la deontología profesional, se enfrenta en los últimos tiempos a un antagonista ambivalente, un enemigo con una capacidad de expansión y contagio muy elevada: internet y, en concreto, las redes sociales. Miles de (des)informaciones circulan por ella, creando bulos de una simple fotografía descontextualizada, de un video violento, o de cualquier mentira que “nos indigna y nos llame a hacer click en ella para saber más”.

 

El periodista, sin conflictos a los que enfrentarse, no tendría nada de qué hablar; pero no esperaba que un algoritmo, un ente tecnológico abstracto, fuera más complejo de abatir que las mentiras de los personajes públicos. Según Vicente Vallés, “el 80 % de los españoles considera que los bulos lanzados por internet son una amenaza para la democracia”[2]. Sin embargo, cada vez es más complejo discernir entre informaciones verídicas y las llamadas fake news, “que, en realidad, nunca quisieron ser noticia”, concluye Jara.

 

Existe otro elemento básico que mueve nuestra gran turbina para relatar acontecimientos: las acciones y, por ende, las reacciones. De hecho, maldita.es nace a partir de un cúmulo de acciones y reacciones: periodistas cansados de las contradicciones de los personajes públicos de nuestro país crearon Maldita Hemeroteca. Pero no era suficiente para combatir las injurias en redes sociales, por lo que nació Maldito Bulo. Seguían sin tener su espacio el feminismo, los migrantes, los datos o incluso la tecnología, hasta que lo encontraron en maldita.es, demostrando así que quien reacciona a una mentira vistiéndola de verdad no tiene argumentos de peso para enfrentarse a la realidad.

 

La acción supone el comienzo de algo que se desarrollará a posteriori, encadenando reacciones que darán valor a lo que tenemos que contar. Pardo nos ponía el ejemplo de perfiles políticos como Bolsonaro o Donald Trump: ambos protagonistas que crean acciones polémicas que provocan sus respectivas reacciones, tanto a favor como en contra.

 

En este punto, el relato se complica: en concreto, tanto el presidente de Brasil como el de EE. UU. han creado una narrativa propia para conseguir su objetivo: llegar al poder. El problema de la narrativa llega cuando rompemos las normas del mundo en el que vivimos, pero no recibimos sanción alguna por ello o, peor aún, salimos airosos (recordemos el impeachment contra Trump). Son profesionales natos de romper los reglamentos según sus preferencias, de desinformar al ciudadano y de utilizar las fake news para evadir la verdad, pues son “armas de los políticos para culpar a los periodistas. Por eso, en maldita no se habla de fake news, sino de desinformación”.

 

El tercer punto que el Periodismo debe cumplir como narrativa es el avance, la creación de expectativas y, en definitiva, el conflicto. Aquí, no hay duda alguna: en una noticia siempre hay dos o más partes enfrentadas, intereses que chocan. La misión que se le encomienda a un buen periodista es dar voz a las diversos puntos de vista de una misma pugna, generando expectativas de lo que puede ocurrir o desmintiendo las creadas por los roles interesados. Pero, en ningún caso, inventando nuevos desacuerdos que tergiversen todavía más el dilema al que nos enfrentamos.

 

El periodismo convive con el único mundo que conocemos, con el real. Tenemos distintos tiempos (revivimos el pasado, actualizamos el presente y elucubramos sobre el futuro), pero un solo espacio; aunque fragmentado. El periodismo debería llegar a cualquier rincón del mundo, pero no es así. Se reparte por el territorio de manera desigual, siguiendo el etnocentrismo predominante en las sociedades occidentales. De hecho, los grupos más vulnerables alejados del núcleo son las víctimas de la desinformación, de los bulos que deforman la realidad en función del discurso (político, público o ideológico, como quiera llamarse) predominante.

 

Pero no solo es el espacio el que está fragmentado, también el tiempo está cada vez más dividido, reflejo de una sociedad que solo consume nociones, que no informaciones, fruto de la fugacidad y la inmediatez de las social media. “Es en las redes sociales donde más vemos que el número de clics y la primicia predominan sobre las noticias y los comentarios verificados. Todo ello complica todavía más la defensa de la libertad de prensa”[3].

 

Nos falta el elemento clave para constatar que el periodismo es un mundo, y es que este tiene unas normas que, además, deberían ser severas. “Lanzar un video a redes sociales sobre un accidente no es Periodismo, falta contexto, causas, consecuencias, estado de la carretera…”, ha explicado Pardo. Y es cierto: el periodismo se recoge en los libros de estilo, en los códigos deontológicos y en las herramientas de protección. Pero el periodismo es de todos y, por ello, todos tenemos que estar protegidos. Así lo ampara la Constitución española, que nos otorga un valioso poder que tenemos que aprender a utilizar: el derecho a estar informados y a expresarnos libremente. “Sin periodismo no hay democracia”, pero para que este sea libre y efectivo hay que seguir unas pautas que determinen límites infranqueables. Aunque, para ello, es necesario contextualizar, investigar y verificar.

 

Entonces, ¿cuál es el objetivo último del periodismo? Precisamente, parafraseando a Gabriel García Márquez, es el oficio más bonito porque crea sentido, porque explica el mundo, porque aporta contexto y coherencia y porque “tiene una responsabilidad pública”. El periodismo es una narrativa que se encarga de analizar otras narrativas, de explicar los nuevos discursos y de dar voz a aquellas que son silenciadas, como el feminismo, la manipulación política a través de las redes sociales o los escándalos ocultos en función de los intereses de los grandes medios. Es trabajo de todos crear un periodismo sano y veraz, que recupere su función como cuarto poder y, sobre todo, que sea libre.

 

BIBLIOGRAFÍA
CALAF, Rosa María, “Ser críticos con la información nos convierte en ciudadanos”, archivo de vídeo, en aprendemosjunto.elpais.com, disponible en https://aprendemosjuntos.elpais.com/especial/ser-criticos-con-la-informacion-nos-convierte-en-ciudadanos-libres-rosa-maria-calaf/, 24/02/2020, consultado el 15/03/2020.
VALLÉS, Vicente, «El 80 % de los españoles considera que los bulos lanzados por internet son una amenaza para la democracia», compromiso.atresmedia.com, en https://compromiso.atresmedia.com/levanta-la-cabeza/lineas-accion/fake-news/vicente-valles-el-80-de-los-espanoles-considera-que-los-bulos-lanzados-por-internet-son-una-amenaza-para-la-democracia_202001095e1891b20cf2b26234069349.html, 10/01/2020, consultado el 16/03/2020.
BOKOVA,Irina, “Las noticias falsas no son periodismo”, elpais.com, en https://elpais.com/elpais/2017/05/03/opinion/1493824172_160415.html, 4/05/2017, consultado el 16/03/2020.
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Juan Ignacio Cantero

Graduado en Periodismo por la Universidad de Castilla- La Mancha con Máster oficial en Profesor de Educación Secundaria Obligatoria, Bachillerato, Formación Profesional y Enseñanza de idiomas también en la Universidad de Castilla-La Mancha. En la actualidad es doctorando en la Universidad de Castilla- La Mancha e investiga sobre periodismo deportivo, nuevas tecnologías y periodismo inmersivo/ realidad virtual.

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