Una parte de la localidad que tiene su propia personalidad. La seña de identidad de muchos vecinos y que, sin embargo, hasta hace poco estaba descuidada. Un barrio lleno de historia e historias que nos cuentan muchas cosas del pasado.

El “Barri dels Espardenyers” es un verdadero espacio patrimonial, lo cual hace que su historia sea una de las más ricas.

Su origen se sitúa en el Siglo XIX, cuando se construyó el castillo. En este momento esto quedó como una pedanía ocupada por moriscos. Los cristianos, en cambio, se bajaron y fundaron con el nombre de Nules una nueva población.

Este barrio, cuyas calles son de trazado irregular, con rincones, e incluso callejones sin salida es el núcleo más antiguo de la localidad y está situado en la zona más alta, bajo el castillo. No hay nada llano, todo son subidas, y es que las calles están construidas sobre la peña viva de la montaña. Pero a pesar de ello, este es un lugar adaptado para cualquier persona.

Resulta curioso la composición de las viviendas que forman este barrio. Las casas no tienen cimiento, pero, además, hay muchas de ellas en las que la piedra sobresale por el suelo y se puede observar, como es el caso de “La Casa-Museu dels Espardenyers”,es curioso porque en las ciudades donde vivimos esto no se ve, es un encanto el que tiene este pueblo”, comenta orgullosa Vero Chaves, agente de turismo de La Vilavella.

El Barrio / Foto: Marta Mora

Un lugar especial, es un reconocimiento al desarrollo de la industria de la espardeña, de ahí nace el nombre del barrio. Allí es donde vivían los alpargateros, “casi todos los alpargateros vivían en el barrio. Desde sus casas salían a la montaña a picar el esparto en unas piedras que todavía se conservan, después lo remojaban y una vez estaba seco empezaban a realizar las alpargatas”, argumenta Paquita Martínez, una vecina de la localidad que conoció esta época.

La industria del esparto

Las alpargatas han sido, desde hace siglos, el calzado tradicional de la gente del campo en las comarcas de Castellón. En La Vilavella una de las labores básicas a lo largo de un período de tiempo bastante extenso fue la fabricación de alpargatas de esparto, la cual, junto con los beneficios que generaban los balnearios, contribuyó al sostenimiento de la población.

Alpargatas de esparto / Foto: Marta Mora

Un oficio para todos, hombres, mujeres y niños, un trabajo familiar. “Antiguamente muchas familias se dedicaban a esta tarea. Yo hacía sobres, esto es lo que se utilizaba para atar los zapatos, mi madre en cambio hacía la aixereta para la suela. Decían que no había nadie que las hiciera mejor que ella”, explica Paquita Martínez.

Se trataba de un trabajo artesano, aunque se le llamaba <<industria>>, ya que solo se utilizaban instrumentos manuales para la elaboración, como navajas, mazas, agujas, hormas, etc. No existían talleres, este era un trabajo familiar que cada uno realizaba en su propia casa o en la calle, como es característico en muchas de las producciones artesanas de las ciudades mediterráneas. “Los hombres cogían su silla y se sentaban en la calle a hacer la cuerda”, añade Martínez.

Los inicios de esta artesanía son muy antiguos. Fue durante el Siglo XVIII cuando empezaron a aparecer concretamente mencionados los alpargateros, las personas que se dedicaban a esta ocupación. El esparto fue el cultivo que estuvo en función de la fabricación de alpargatas. Encontrar este material no les era nada fácil, por lo que tenían que desplazarse hasta el municipio de Hellín, en la Provincia de Albacete, y a Cieza, un pueblo situado en Murcia, según los datos extraídos de un libro de historia de La Vilavella.

Instrumentos que se utilizaban para el esparto / Foto: Marta Mora

Corría el año 1915 cuando los vecinos que se dedicaban a esta faena decidieron agruparse en una cooperativa. Con el paso de los años el número de socios aumentó y entre 1939-1940 llegaron a los 180. Ahora bien, las dificultades económicas de la posguerra hicieron que continuara durante unos años el auge de esta labor, con ser tan poco rentable.

El principal interés económico se dirigía hacia la agricultura de la naranja. Debido a esto, la artesanía del esparto fue desapareciendo con gran rapidez, hasta que, en febrero de 1976 la cooperativa desapareció, pero algunos vecinos siguieron adelante con esta dedicación, que ya no era familiar, sino individual. “Cuando la cooperativa cerró sus puertas, este trabajo no se dejó. Hay personas que siguieron, quizás de todas las que había se quedaron en 7 u 8, los otros se fueron a trabajar a las fábricas, a la mina u otro trabajo, cuenta Vicente Zaragoza, un alpargatero y vecino de la localidad.

Las personas que no abandonaron este trabajo eran mayores que venían ocupándose de esta labor de forma tradicional. Los más jóvenes y hábiles se fueron a trabajar a las fábricas, ya que la fabricación de alpargatas no genera suficiente dinero para sobrevivir.

Los años pasaban y cada vez quedaban menos y menos alpargateros. Además, los poco que había ya no vivían en el barrio. Este de pronto quedó habitado por gente nueva. La vida allí, cambió por completo.

Recuperar lo perdido

La situación en el barrio fue empeorando poco a poco. La belleza que tenía este en de la década de los setenta fue desapareciendo hasta que, desde el Ayuntamiento, hace un par de años, se inició la recuperación de este lugar.

Al igual de esencial fue especial la rehabilitación de este privilegiado sitio que tiene La Vilavella y que estaba totalmente descuidado y abandonado. “Los cambios siempre son buenos, fue una decisión municipal de poner en valor los recursos existentes, una buena mano de pintura y una buena lavada de cara”, cuenta la alcaldesa de la localidad, Carmen Navarro.

Como bien dice la alcaldesa “una buena mano de pintura”. Se pintaron todas las fachadas de las casas del típico color blanco y los dientes de las puertas y las ventanas en azul y verde. Un proyecto que contó con varios procesos, el primero de ellos, pedir permiso a los vecinos, todos respondieron de forma positiva. La pintada corrió a cargo del Ayuntamiento, el cual contó con una ayuda de turismo, quién destinó 25.000 € para esta actuación de mejora del “Barri dels Espardenyers”.

Entrada al barrio / Foto: Marta Mora

En la actualidad, tanto el barrio, como la calle de entrada a este, presentan una imagen totalmente renovada que le da un encanto especial a todo el Casco Antiguo de La Vilavella, una arquitectura típica mediterránea. “Sacamos a la luz el barrio que ahora vemos”, añade Navarro.

Pasear por estas calles es hoy en día todo un encanto. “Un paseo por el barrio es un paseo por la historia de nuestro pueblo, La Vilavella. Aunque nosotros no la hemos conocido, nos la han contado nuestros antepasados y, ahora, nos llena de orgullo y nos da satisfacción ver cómo era nuestro pueblo en una época ya muy lejana”, expresa la alcaldesa.

Si por algo se caracteriza este pueblo es porque cuida y ama su patrimonio e historia. Esta fue una de las intervenciones más recientes en el barrio, pero años atrás, en 2010, ya se llevó a cabo un proyecto en el taller de empleo, se construyó un museo que es prueba sobre la singularidad de esta zona y, en especial, de la “espardenya”.

El Museo

“La Casa Museu dels Espardenyers” es un ejemplo de cómo eran las casas típicas de un pueblo “espadenyer” a principios del Siglo XX.

Hace ya 10 años que se restauró esta casa típica del pueblo, conservando su peculiaridad tal y como confirma Vero Chaves, “aunque esté restaurada, la estratigrafía de los muros nos da que la construcción original de la casa es del Siglo XIV, de hecho, en la edificación hay muchas piedras del castillo”.

El museo está dividido en dos sales: en la primera, se puede observar cómo era la casa de una típica familia “espardenyera” y, en la otra, es donde se ha puesto parte de la colección museográfica. “Todas las herramientas que hay las han dado alpargateros. Hay muchas piezas, lo más interesante quizás son los cosedores de madera, pero también hay una máquina de picar el esparto, entre muchas cosas más”, explica Vero.

Sala 1 del Museo / Foto: Marta Mora

Curioso y que le da un valor extra, al que tiene este magnífico lugar, es una piedra que hay expuesta en él. “Cuando se hizo la remodelación, en la puerta salió una piedra que al final descubrimos que era un fragmento de una lápida sepulcral del segundo señor de Centelles que murió en 1358”, comenta la agente de turismo.

Este es un lugar digno de visita y que recuerda a los antepasados vilavelleros, a una de las labores primordiales de la localidad. Una casa que huele a esparto. Interesante es ver al alpargatero cuando hace la explicación: “Él explica muy bien para que sirve cada material, como se hacia el esparto, de donde se cogía…”, cuenta Vero. Y es que en la actualidad todavía hay un hombre del pueblo que confecciona alpargatas de esparto.

Una afición

Vicente Zaragoza, más conocido como “el tío Saragossa”, a sus 80 años, ya jubilado, este hombre cose alpargatas cada día como una afición que le distrae y le hace feliz. “Es como un hobby, una acción que te distrae mucho. Cada uno debe tener una distracción cuando se jubila. A uno le gusta jugar a las cartas, a otros les gusta ir a la montaña y yo soy feliz haciendo alpargatas. No ganas nada, pero te distraes”, afirma orgulloso Zaragoza.

Zaragoza organizando el material / Foto: Marta Mora

Haga frío o calor, sol o nubes, en una silla al medio de la calle se pasa los días Zaragoza haciendo alpargatas de esparto. Desde bien pequeño le llamaba la atención este trabajo, “en la época que iba a la escuela, al llegar a casa ayudaba a hacer cuerda a mi padre, pero en aquellos años no sabía coser”.

Su padre era obrero, pero de noche también se dedicaba a las alpargatas, como todo el pueblo. Se crió con esto y con esto sigue adelante a sus 80 años. Pero donde Vicente aprendió a hacer las alpargatas no fue en su casa, sino en la de su mujer, “en diez años que estuve saliendo con mi mujer, aprendí. De ver a lo largo de tantos años a alguien hacerlas al final aprendes, simplemente de mirar. A mí no me enseño nadie a coser alpargatas, te acuerdas de como las cosían y entonces yo he cogido el mismo sistema y así es como las hago”, explica.

Hacer unas alpargatas de esparto lleva su tiempo, es un esfuerzo muy grande que tiene su procedimiento. Ahora ya venden el esparto picado, pero antiguamente no era así: “Antes lo picábamos con masas en las picadoras. Costaba muchos días y tenías que ir picando cuatro o cinco manojos. A mi ahora hacer un par de alpargatas me cuesta, más o menos, tres días”, aclara Vicente.

Hay tradiciones y raíces de pueblos que no deben perderse y esta es una de ellas. Ahora solo quedan las historias de los mayores, pero sus cuentos, aventuras y experiencias con esta labor desaparecerán con ellos. Por eso Vicente, aunque no gane nada, sigue haciendo alpargatas de esparto, manteniendo viva esta afición de un pueblo “espardenyer”.

 

 

 

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Marta Mora

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