Normalmente, cuando vemos en los medios de comunicación víctimas de cualquier desgracia, solemos empatizar con ellas. Nos solidarizamos, sentimos impotencia e incluso rabia y reflexionamos sobre lo devastadas que pueden sentirse dichas personas. No obstante, sus historias permanecen poco tiempo en nuestras mentes al desaparecer del ojo de la esfera pública. Poca gente se acuerda regularmente de las víctimas de hechos traumáticos pasados salvo los involucrados. Por señalar algunos ejemplos, el reciente impacto de las muertes de Laura del Hoyo y Marina Okarynska va cayendo en el olvido cada día un poco más. Sin embargo, sus círculos cercanos seguirán igual de desolados. Por otro lado, nadie se acuerda de los supervivientes del accidente de ALVIA en Santiago de Compostela salvo cuando se cumplen los aniversarios de la tragedia. Tampoco las víctimas, tanto mortales como supervivientes, de los atentados del 11-M se encuentran presentes en el día a día de la sociedad española excepto cuando hay que rendirles homenaje. Y podríamos seguir citando una lista interminable con casos semejantes…

Pues bien, lo cierto es que todas esas personas que tuvieron la desgracia de sufrir un hecho traumático que les marcó de por vida y sobrevivieron siguen luchando día a día por recuperar, o al menos aproximarse, a la normalidad que sus vidas tuvieron en el pasado. Un proceso, invisible para la gran mayoría de la sociedad, que supone probablemente el mayor reto de la vida de esos afectados. La sociedad se olvida de ellas y ellos porque ya no salen en las noticias y por tanto no les podemos ver, pero la historia de sus vidas sigue adelante con el propósito de superar desdichas que jamás imaginaron que padecerían.

Los pasados días 5 y 6 de octubre tuvo lugar en la Facultad de Derecho de Albacete la segunda edición del Seminario de Criminología Aplicada que impulsan tanto el Centro de Investigación en Criminología de la UCLM como la Asociación de Criminólogos de Castilla-La Mancha. En esta ocasión, el evento se centró en las víctimas de delitos, en la identificación de sus necesidades, su proceso de recuperación y en el impacto de este colectivo, cada vez mayor, en el marco social y jurídico de nuestro país. Hasta 17 ponentes ilustraron con sus enriquecedoras exposiciones a los asistentes, entre los que se encontraban psicólogos, criminólogos, juristas, estudiantes de Derecho, miembros de Fuerzas y Cuerpos de Seguridad, periodistas…

El rector de la UCLM, Miguel Ángel Collado, fue el encargado de inaugurar las jornadas. // Foto: Julio Lázaro
El rector de la UCLM, Miguel Ángel Collado, fue el encargado de inaugurar las jornadas. // Foto: Julio Lázaro
¿Cómo identificamos a alguien como víctima?

Para hablar de víctimas de sucesos traumáticos, es conveniente remontarse al principio, al origen de su padecimiento. El profesor Enrique Echeburúa, Catedrático de la Universidad del País Vasco en Psicología Clínica y experto de la Personalidad, señaló que las personas “no son víctimas, sino que sufren un proceso de victimización”. A ello, añade: “ser víctima no es padecer necesariamente un trastorno mental”. Por su parte, Carmen Herrero Alonso, referente en Criminología y Sociología Jurídica de la Universidad de Salamanca, arrojó también algo de luz a esta encrucijada: “El establecimiento del estatus de víctima no es una cuestión para nada sencilla ni automática, ya que aunque alguien haya sufrido un daño o perjuicio causado por la comisión de un delito, no es factor suficiente, aunque sí clave, para considerar a alguien como víctima”. Asimismo, Herrero Alonso mencionó un proceso de cuatro pasos para considerar a una persona víctima:

  1. Los sujetos experimentan daños, ofensas o sufrimiento causado por otras personas o instituciones
  2. Los sujetos se definen como víctimas
  3. Los sujetos, percibiéndose como victimizados y dañados, intentan conseguir que alguien más reconozca el daño
  4. Por último, los individuos reciben la validación de su demanda de rol de víctima

Por lo tanto, Herrero Alonso fijó varios factores para la identificación de una víctima como tal: el reconocimiento social/legal y  la autodefinición como víctima, además de elementos psicosociales, socioculturales y extralegales.

Necesidades de las víctimas: espacio de convergencia

Una cuestión en la que coincidieron varios ponentes durante las jornadas fue la obligación de determinar de la forma más eficaz, certera y rápida posible las demandas básicas del damnificado tras el suceso traumático. De nuevo rescato una de las pinceladas de la exposición de Carmen Herrero Alonso, que identificó la necesidad de las víctimas de sentirse justamente tratadas como “la más básica de todas”.

Por otro lado, Mar Gómez, titular de Psicología en la Universidad Complutense de Madrid y coordinadora de la Unidad de Atención a Víctimas, trató de manera más detallada el asunto. Gómez comenzó apuntando: “Las diversas víctimas presentan cantidad de necesidades, actitudes, expectativas, orientaciones… cada persona reacciona de forma particular a un delito y requiere una evaluación individual para obtener una idea de cuáles son sus necesidades específicas”. Por lo tanto, se puede sentenciar que generalizar necesidades es un error, ya que, como afirma Gómez, “cada una de las víctimas va a ser única por las características propias del acontecimiento sufrido y por las propias de la persona”. No obstante, aunque es incorrecto identificar menesteres generales, Mar Gómez sí apuntó requerimientos básicos entre los damnificados: atención social, psicológica, médica/sanitaria, jurídica… así como la inserción laboral y alojamiento y la demanda de las víctimas a ser entendidas.

Mar Gómez, de la Universidad Complutense de Madrid, incidió sobre el delicado asunto de las necesidades de las víctimas. // Foto: Julio Lázaro
Mar Gómez, de la Universidad Complutense de Madrid, incidió sobre el sensible asunto de las necesidades de las víctimas. // Foto: Julio Lázaro

Para llevar a cabo una labor tan delicada y crucial como la identificación de las necesidades de la víctima, Mar Gómez expuso un modelo de detección de las mismas. El procedimiento consta de dos partes y requiere un trato cara a cara con el damnificado: la primera parte supone una entrevista con la víctima, obviamente con previo consentimiento, en la que se recopila información general (formas de contacto, situación profesional, nacionalidad…), posibles vulnerabilidades personales (minoría de edad, discapacidad, problemas de salud, desconocimiento del idioma, embarazo…) y si existe riesgo o miedo a sufrir daños de nuevo (naturaleza del delito y sus circunstancias). Mar Gómez matizó que se trata de un cuestionario “indicado para víctimas de trato de personas, violencia en relaciones interpersonales, violencia de género, delincuencia organizada, etc.”. Posteriormente, En la segunda mitad del modelo se trató de averiguar la situación actual de la víctima (si sufre lesiones) y lo máximo posible sobre los antecedentes del delito y la persona sospechosa.

Es conveniente apuntar que para la realización de este procedimiento se requiere una evaluación a través de profesionales con formación específica, y que estos estén lo más próximos y accesibles posible a la víctima y su entorno, ya que resulta esencial escuchar a la víctima para determinar sus anhelos e inquietudes. Los entes encargados de la identificación de necesidades de las víctimas son las Oficinas de Asistencia a Víctimas de Delito y la Policía y los medios forenses.

De ser víctima a dejar de serlo

Toca hablar del proceso de recuperación. El profesor Echeburúa se mostró optimista ante dicha etapa, que en ocasiones suele resultar lenta y suele requerir de mucha paciencia y constancia: “Tras un trauma de gran envergadura, hay personas que superan la situación y, aunque claro que no se olvida, se embarcan en un proyecto de vida ilusionante”. Echeburúa distinguió dos variedades de perjuicios en una víctima tras el suceso traumático:

  • Las lesiones psíquicas: suponen un daño agudo que se mantiene durante las primeras semanas tras el delito. Entre ellas, encontramos trastornos de estrés postraumático (revivir recuerdos involuntariamente, padecer alteraciones de memoria, anestesia emocional…), trastornos adaptativos, conductas impulsivas y descompensación de una personalidad anómala
  • Las secuelas emocionales: daño crónico a largo plazo que, si a los seis meses no ha desaparecido, no remitirá de manera instantánea. Los diferentes tipos de secuelas emocionales que presentan las víctimas son la estabilización del daño físico, la modificación permanente de la personalidad (dependencia emocional, suspicacia y tendencia a la generalización, hostilidad…), deterioro de las relaciones interpersonales, falta de rendimiento laboral, etc.

El catedrático en Psicología Clínica apuntó que, según el sexo, la víctima sufre alteraciones diferenciales. Los hombres, durante el trauma, tienden al abuso del alcohol y a la irritabilidad, mientras que las mujeres son propensas a la somatización y a la depresión. Por otra parte, Echeburúa habló de variables facilitadoras de trauma, diferenciando tres tipos de factores:

  • Predisponentes: son propios de la persona por su forma de ser y sus experiencias vividas. Benefician la persistencia del trauma. Hablamos de psicopatología previa personal y familiar, exposición previa a traumas, personalidad vulnerable o estrés acumulativo
  • Precipitantes: dependientes del suceso traumático, como la tipología del mismo, su nivel de gravedad o la intencionalidad
  • Mantenedores (postrauma): como el anclaje en el pasado, el hacerse preguntas sin respuestas, la necesidad de buscar culpables o la negación cognitiva/emocional del suceso

El paso del tiempo, la capacidad de curación espontánea y el apoyo cercano son los tres factores que forman el Trípode Elemental de Recuperación

Asimismo, Echeburúa sostuvo la existencia de variables de la vulnerabilidad de la víctima, como las estrategias de afrontamiento, el apoyo familiar y social y la cantidad de experiencias negativas sufridas. Además, se cuenta con rasgos de la personalidad que colaboran con la superación del estrés postraumático, como el control de emociones y la valoración positiva de uno mismo, un estilo de vida equilibrado, tener sentido del humor, mantener una actitud positiva, la aceptación de limitaciones o las aficiones que generan gratificación.

El profesor Enrique Echeburúa, durante su ponencia 'De ser a dejar de ser víctima: el proceso de recuperación'. // Foto: Julio Lázaro
El profesor Enrique Echeburúa, durante su ponencia ‘De ser a dejar de ser víctima: el proceso de recuperación’. // Foto: Julio Lázaro

Para comenzar a hablar del tratamiento, primero considero estrictamente necesario citar una llamativa reflexión del profesor Enrique Echeburúa: “Para emprender el proceso de recuperación, las víctimas deben dejar de preguntarse ‘¿Por qué a mí?’ y comenzar a cuestionarse ‘¿Qué tengo que hacer para dejar de estar así?’”. El tratamiento para las víctimas de delitos está orientado a mejorar el malestar emocional, a ayudar en el proceso de curación natural y a adaptar la terapia a las necesidades específicas de cada paciente. Adicionalmente, Echeburúa habló del Trípode Elemental de Recuperación, formado por el paso del tiempo, la capacidad de curación espontánea y el apoyo cercano.

Por otra parte, el profesor apuntó los siguientes factores para averiguar si una persona necesita tratamiento: alteraciones biológicas persistentes de sueño y apetito, malestar emocional profundo, falta de regulación de emociones, aislamiento social y seguimiento de estrategias de afrontamiento defectuosas (automedicación, abuso de alcohol…). Una vez determinada la necesidad de intervención terapéutica, esta debe basarse en la empatía, en un tratamiento inmediato, continuo, coordinado y limitado en el tiempo y, como no podía ser de otra forma, en una recuperación progresiva de la vida cotidiana.

“Las víctimas deben dejar de preguntarse ‘¿Por qué a mí?’ y comenzar a cuestionarse ‘¿Qué tengo que hacer para dejar de estar así?’”

Por último, existen predictores negativos y positivos para valorar el avance del tratamiento: entre los negativos, se encuentra victimismo, bajas o incapacidades laborales no estrictamente necesarias, tratamiento psicológico excesivamente prolongado, etc. Por el contrario, los predictores positivos consisten en exteriorizar sentimientos y no avergonzarse por ello, recuperar la rutina cotidiana y ponerse un reto diario, no dar pábulo al odio o al rencor, implicarse en proyectos ilusionantes y concederse alegrías, etc.

A colación de las intervenciones terapéuticas de excesiva duración, Echeburúa cerró su ponencia advirtiendo: “Lo que no se logra en 6 meses de tratamiento psicológico, no se consigue en 5 años”.

Su impacto en la legislación

“¿Cómo no van a participar las víctimas en la elaboración de leyes penales si son las personas más afectadas por el incumplimiento de normas sociales?”. De esta manera comenzaba su aportación a las jornadas Gema Varona, licenciada en derecho, especializada en sociología jurídica e integrante del Instituto Vasco de Criminología. Resulta coherente pensar que no hay punto de vista mejor que la mirada de las víctimas para aportar en la creación y evaluación de leyes. Que dicho colectivo ponga su granito de arena para moldear el concepto de justicia junto con otros actores del marco jurídico y social. Sin embargo, Varona destacó cuál es el principal problema para la puesta en práctica de la idea anterior: “A las víctimas no se les da la posibilidad de establecer canales de comunicación para dar a conocer cuáles son sus necesidades”.

Asimismo, Varona alabó el incansable ánimo de los colectivos de víctimas por hacerse ver y por lograr un establecimiento de derechos en constante crecimiento: “Sin las asociaciones de víctimas no habríamos llegado a la visibilidad y al reconocimiento de derechos de los que las mismas gozan hoy en día. Los expertos no veíamos ese sufrimiento latente en la sociedad. Es mérito de los propios colectivos contar con el reconocimiento que tienen actualmente”. Tal empuje constante tiene su último reflejo en la Ley 4/2015, de 27 de abril, del Estatuto de la víctima del delito, que entró en vigor el pasado septiembre y que, tal y como señaló en el punto primero de su exposición de motivos, actúa “en línea con las demandas que plantea nuestra sociedad”.

“Sin las asociaciones de víctimas no habríamos llegado a la visibilidad y al reconocimiento de derechos de los que las mismas gozan hoy en día”

Para concluir, cabe indicar que convendría haber mencionado todas las tipologías de víctimas que existen. En principio se puede caer en el error de enumerarlas fácilmente, pero a raíz de una pregunta durante la ponencia de Gema Varona se puede dictaminar que el cerco que agrupa a las víctimas es más grande de lo que se piensa en un principio. Las víctimas no son solo las personas damnificadas por violencia de género, de odio, pedofilia, bullying, violencia doméstica, accidentes, tráfico humano… en definitiva, víctimas de índole “física”. Tras dicha pregunta, parte del público, entre los que me incluyo, comprendimos que también son víctimas los afectados por suicidios, catástrofes naturales, enfermedades de larga duración, fraudes, estafas, extorsiones… y sus círculos cercanos, por lo que la enumeración sería difícil de limitar.

Finalmente, hay que añadir que este seminario puede ser de gran utilidad para aprender unas nociones básicas sobre el proceso que atraviesan las víctimas al enfrentar su trauma. Para poner el punto y final, vuelvo a citar al profesor Enrique Echeburúa: “Los tratamientos psicológicos duran, de media, de tres a seis meses con periodicidad semanal. Una víctima no debe profesionalizarse como tal, no puede considerarse así indefinidamente”. Si aceptan un consejo, no se profesionalicen. Con ayuda adecuada y voluntad, de todo se sale.

Leave a Response