El profesor de la Facultad de Comunicación de la UCLM Antonio Fernández reflexiona en este artículo sobre el futuro de la universidad.

 

No daré ninguna respuesta. Comenzaré con una pregunta y acabaré, del mismo modo, con otra. ¿Qué nos puede enseñar la vida de Henry David Thoreau para proyectar la Universidad del Futuro? Quizás lo más característico o lo que con mayor énfasis ha trascendido de su vida, haya sido su retiro a la laguna de Walden. En 1845 abandonó su Concord natal y se adentró en el bosque, a poco más de dos millas de cualquier signo civilizatorio. No fue una huida de ermitaño, puesto que recibía a menudo visitas y le complacía usar las tres sillas con que contaba para iniciar comercio de pareceres. Pero esa distancia le proporcionaba la soledad y silencio necesarios para prestar atención a la Naturaleza y a sí mismo. Construyó su propia cabaña, sencilla y funcional, con madera de pino e intentó, como en toda su existencia, vivir deliberadamente. Al cabo de unos años, publicó las memorias de su estancia en Walden. Junto con sus escritos sobre política, se pueden considerar una especie de manual para aprender a vivir, una especie de consejos desinteresados que el buen lector podrá o no seguir.

Thoreau concebía la vida como un experimento cuya responsabilidad recae en cada uno de nosotros.  Como inconformista, creía en la voluntad del ser humano de emanciparse de las corrientes sociales dominantes, de las modas y formas de ser que menoscaban el buen vivir. La vida es un proyecto de transformación de sí mismo, regido por la justicia y la intensidad de vivencias. Nos empeñamos en cambiar lo exterior sin preocuparnos de nuestros interiores, de modo que el ser humano no pasa a ser más que una “herramienta de sus propias herramientas”. Decía que sólo los cobardes van a las guerras e incluso estuvo encarcelado, poco tiempo por la ayuda de sus amigos, por negarse a pagar impuestos que sufragaban guerras injustas y un sistema esclavista. ¿Y si somos nosotros mismos quienes nos colocamos los grilletes, los capataces de nuestra propia esclavitud, quienes contribuimos con nuestra complacencia y seguidismo a justificar lo injustificable?

Era partidario de la desobediencia civil cuando las leyes no responden a una idea cabal de justicia. El mejor gobierno es el que interfiere lo mínimo en las libertades individuales. Y también ensalzaba otros modos y ritmos vitales, más sencillos, austeros y pausados. A veces se preguntaba la razón de ser del llamado progreso industrial, tecnológico -¡a mitad del siglo XIX!-, si son sólo medios, pero no cuestionamos para qué sirven, si nos van a proporcionar una vida mejor, más rica en detalles, más humana. Antes que nada, urge aplacar el hambre espiritual y formarse como ser humano. El mundo entero debe ser una escuela permanente, una universidad ubicua donde podemos aprender de cualquier conversación, de cualquier persona que, sencillamente, tenga algo que decir desde la sinceridad y buena predisposición al encuentro con los demás. Se trata de vivir por uno mismo respetando a los otros y a la Naturaleza, sin que nadie nos persuada vilmente y de un modo dogmático acerca de cómo deberíamos vivir. Es una filosofía práctica del buen vivir, que no entiende que la naturaleza sea solamente un recurso para ser explotado, y tampoco que los seres humanos sean reducidos a la categoría de recursos humanos. ¿Debe el afán de lucro regir las relaciones sociales y las relaciones con la Naturaleza, cuyas consecuencias serán devastadoras? El mundo, antes que para ser utilizado, está ahí, nos rodea y envuelve para ser admirado en toda su belleza.

Y la pregunta que surge es qué relación guarda la vida de Thoreau con la Universidad. Con la que existe o, quizás, con la que debería existir en algún lugar apartado, en un Walden imaginario. Quizás no tanto hay que interrogarse sobre la institución Universidad como acerca de la forma particular de vivirla cada uno de nosotros. En nuestro lugar en el mundo, bien despiertos y atentos para contemplar apasionadamente las bellezas que, a veces, pasan desapercibidas.

 

Antonio Fernández

Imagen: Jasonanaggie, CC BY-SA 4.0, via Wikimedia Commons

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