La biblioteca universitaria del campus Cuenca de la Universidad de Castilla- La Mancha (UCLM) alberga un sitio particular entre la máquina del café y el expendedor de snacks. Los universitarios pasan de largo y, si acaso, paran somnolientos en busca de algo de cafeína. A la derecha, una puerta cerrada pasa desapercibida. Cuando la abres, los recuerdos de la infancia saltan automáticamente.

Hablamos de la biblioteca del CEPLI, el ‘Centro de Estudios de Promoción de la Lectura y Literatura Infantil’. La única biblioteca universitaria infantil en España. Su logo es un zepelín, no solo por el juego acústico con la pronunciación de las siglas CEPLI, sino también por la idea de elevarse. Al atravesar la puerta María del Carmen, la bibliotecaria, a pesar de su alergia organiza todos los ejemplares de literatura infantil y juvenil que le van llegando. Como de costumbre, el rincón mágico está solitario.

La nomenclatura de los libros es particular. En el torso de la mayoría de ellos figura ‘BV’. Hacen honor a Carmen Bravo Villasante, madrileña pionera en el estudio de literatura infantil, el germen de la biblioteca del CEPLI. Al morir, sus hijos decidieron donar parte de su colección a la Universidad. Alrededor de 8.500 volúmenes. Ahora cuentan con un total de 20.000 volúmenes entre los que se encuentran ejemplares inéditos. “Estuvo un investigador alemán buscando las traducciones de Hoffmann”, nos cuenta Carmen. Es uno de muchos puesto la especificidad de los libros hace que los expertos encuentren ejemplares específicos únicamente aquí.

 

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  Colección de libros de Carmen Bravo Villasante / Foto: Cristina Pérez Bueno

 

Niños adultos

En varias vidrieras cerradas con llave se conservan libros de carátula antigua, la joya del CEPLI. Son libros anteriores a la guerra civil, el conocido como fondo antiguo. Con delicadeza, al abrir los libros, aparecen páginas repletas de párrafos. Algo denso incluso para una persona adulta. Pedro Cerrillo, además de catedrático en este ámbito, director del CEPI explica: “hasta el siglo XVIII no se tuvo realmente constancia de que el niño era una persona diferente a los adultos. De hecho no hay nada especialmente diferente para chicos hasta entonces”.

Hasta el siglo XVIII digamos que el niño fue contemplado como una pequeña persona adulta. Es entonces cuando comienzan a darse cuenta de que la infancia requiere de una educación diferente y se comienza a escribir exclusivamente para ellos. Pedro lo llama “adoctrinamientos” y no considera que fuera un necesariamente cambio positivo. “Es como poner en una especie de gueto al niño, aislarlo del mundo de los adultos para que no se contamine”, opina.

Los ejemplares con mayor valor histórico con los que cuenta el CEPLI, pertenecen a los años 10, 20 y 30 de este siglo; la concebida como ‘primera Edad de Plata de la literatura infantil española’. Uno de los libros más emblemáticos es la primera edición española de El almacén de los niños de la francesa Jeanne Marie Leprince de Beaumont. Pedro asegura que es un ejemplar para bibliófilos. “Es un libro más dedicado a los maestros que a los niños aunque ella se dirige a los niños, lleno de ciencias naturales, problemas aritméticos, lecciones de vida moralidades… lo que pasa es que de vez en cuando va metiendo un cuento»,  aclara el doctor. Lo más especial de este ejemplar es que, por primera vez, se recoge el cuento de La Bella y la Bestia de forma escrita.

 

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Pedro Cerrillo, director del CEPLI

 

Menos lecciones, más literatura

Aunque los niños tendrían que esperar hasta el siglo XIX para que apareciera el primer autor que escribió con un corte literario, y no solo educacional, exclusivamente para ellos: Andersen. “Aunque pueda haber una moraleja o una enseñanza, no es eso lo que destaca, lo que destaca es la historia”, explica Pedro. Historias que se harían universales como El Patito Feo, La Princesa y el guisante, El soldadito de Plomo… Muchos de ellos reescrituras de cuentos populares. Pero Andersen no es el único recolector de cuentos de la época. Qué decir de los Hermanos Grimm y sus ‘cuentos de hadas’. De hecho sus versiones han transcendido hasta el presente, son en gran parte los culpables del imaginario que tenemos de La Cenicienta, Blancanieves o Caperucita, entre otros.

Ya en el siglo XVII otro conocido autor, Perrault,  había recolectados cuentos de la tradición oral a la escritura, pero con una particularidad que lo distingue de Andersen o los Grimm: no escribía pensando en un lector infantil. Perrault escribía para la corte de Luis XIV. Su característica Caperucita es un encargo del rey para advertir a las jovencitas de los peligros que corren por los cortesanos que las persiguen tozudamente para ‘llevarlas a la cama’. En su final, el lobo se come a Caperucita y su abuela.

 

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  Ejemplares de la Caperucita de Perrault / Foto: Cristina Pérez

 

Otro de los grandes clásicos que se  conservan en la biblioteca del CEPLI con cariño es Pinocho. No precisamente el italiano de Collodi, sino el que se creó en España a raíz del mismo: el Pinocho español de Bartolozzi. Mientras que Pinocchio no puede dejar de mentir, nuestro Pinocho supera ese problema para convertirse en héroe y correr aventuras protegiendo a los débiles. “El Pinocho español digamos que ha superado el rol inicial y se convierte, sería muy osado decirlo, pero casi como en un Quijote. Es mejor el Pinocho español que el italiano para los niños a mi juicio, es mucho más sugerente”, compara Pedro.

De un siglo a otro la forma de pensar se transforma y, con ello, los gustos estéticos. Los cambios, como era de esperar, también alteraron la literatura infantil. Y si hasta ahora es el contenido el que más evolución experimentó, a partir del siglo XX la literatura infantil dará un impulso editorial que conllevará un cambio total de aspecto. Adiós a la letra pequeña y los párrafos densos, indescifrables a veces hasta para los adultos. Las páginas comienzan a ser espaciadas y se empiezan a ilustrar.

“Las ilustraciones son de una calidad inmensa porque los artistas e la época complementaban sus ingresos económicos ilustrando no sólo libros infantiles, sino también revistas”, comenta Pedro. Otro legado de este impulso es ese famoso refrán: ‘tienes más cuento que Calleja’. Es de destacar la labor de la editorial Calleja que distribuyó millones de ejemplares a precios muy baratos. “Se podían comprar hasta en las tiendas de comestibles”, incide Pedro.

 

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Ejemplares del Pinocho de Bartolozzi de la editorial Calleja. El ejemplar de la derecha, con carátula negra,   ha sido ilustrado  por el mismo pero escrito por la que fue su pareja sentimental, Magda Donato / Foto: Cristina Pérez

 

Cuentos del s.XXI

Vamos a dar un enorme salto hasta los libros más actuales. Navegando por los estantes de la biblioteca del CEPLI con María del Carmen, nuestra bibliotecaria infantil de la universidad, observamos libros de una órbita completamente distinta. A parte de libros ilustrados, están presentes los libros-juego. Su objetivo primordial es que los lectores más principiantes manipulen el libro como si se tratase de un juguete más. Hay libros con texturas, con forma de acordeón, con muñecos de relieve…

Pedro advierte, “pueden ser muy atractivos en su presentación o en su diseño o en sus ilustraciones pero puede que traten de puras banalidades; que llame mucho la atención, pero que lo único que genere es no lectores en el futuro”. Las editoriales, al fin y al cabo, son empresas con su consecuente interés económico. Aun así sería injusto dibujar un panorama actual de literatura infantil pobre en contenido, puesto que no es cierto. Existen editoriales que tienen en cuenta su doble naturaleza, tanto cultural como económica y apuestan por contenidos que se adaptan a la evolución que la sociedad ha experimentado.

“Esa es una de las grandes conquistas de la literatura infantil y tiene que ver con las conquistas de la propia sociedad. Durante muchos años ha habido temas tabú en la literatura infantil. Y no sólo la homosexualidad o el divorcio de los padres. También las guerras, las dictaduras, las represiones, las diferencias sociales… Ya se han incorporado este tipo de temas”, afirma Pedro. Es el género ilustrado el que más está apostando por este tipo de contenidos. Es el caso de Nana Vieja de Margaret Wild que trata el tema de la muerte, La composición de Antonio Skarmeta que habla sobre las dictaduras o Tango son tres de Peter Parnell la historia de familias no convencionales a través de la historia de dos pingüinos machos que adoptan a un pingüino bebé.

 

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 La bibliotecaria, María del Carmen, a través de la portada de un libro-juego

 

También es el caso de los cómics, quizá para un público más joven que infantil. Encontramos Arrugas de Paco Roca que habla sobre el alzheimer y las residencias de ancianos o Persépolis, relatada de forma autobiográfica por Marjane Satrapi, que trata sobre el régimen fundamentalista islámico. Ambas con su correspondiente versión cinematográfica.

Sin embargo, lo que parece rompedor ahora puede haber tenido un reflejo en el pasado. Y retomando las versiones de los cuentos populares, las de Disney parecen haber tergiversado historias que jamás tuvieron tintes sexistas. “Extrema las características de los personajes principales para que se lea de una manera diferente; en la película puede haber un machismo evidente, pero un machismo que no lo hay en el cuento”. Pedro nos sorprende con las versiones masculinas de Caperucita Roja, La Bella Durmiente o La Cenicienta. “Hay versiones en la oralidad masculinas y femeninas por lo tanto no se pueden tachar de machista algo que históricamente ha sido aceptado por millones de personas, por millones de niños con toda la naturalidad del mundo”, reza el catedrático.

Puesto el material sobre la mesa, solo falta que los libros lleguen a sus destinatarios y viceversa. El CEPLI no sólo se encargar de aunar una biblioteca universitaria muy especial, sino que investiga y además imparte estudios de post-grado de mediación lectora. A juicio del director, falta que las bibliotecas se conviertan en espacios de la dinamización de la lectura con ayuda de padres, profesores y bibliotecarios. Para ello sólo hay un único camino: leer. Mientras, la máquina del café seguirá sonando al ritmo del expendedor de snacks a la espera de que alguien mire hacia la derecha, abra la puerta y descubra que no todos los finales acaban con perdices.

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