Ángel, los dos Migueles, Nines, Xiomara y Asier. Catorce, treinta y ocho y cuarenta y tantos. Examinador de tráfico, celador, auxiliar administrativo o cursando 3º de la ESO. Estas seis historias se juntan cada semana a las faldas de la sierra de Cuenca. Miran al cielo cada tarde con esperanza de que éste les permita tener un nuevo encuentro.

Tras una mañana entera en el asiento trasero de hasta 3 coches diferentes, bolígrafo verde y rojo en mano, atendiendo intermitencias, cambios de sentido y stops a tiempo. Hasta las 14:00 Ángel no puede estirar las piernas. Durante nueve años, ha visto pasar todas sus mañanas desde el interior de un coche, evaluando a chavales y no tan chavales que les tiemblan las piernas al meter la primera marcha. El tiempo y los años no eran agradecidos con su vida, sedentaria y pasiva. Un día, como aquél que te da por innovar una nueva receta, escuchar un grupo de música diferente o cambiar de peinado, Ángel decidió enfundarse en deportivas y dejar que le llevaran a descubrir nuevos rincones de su tan querida Cuenca. Los inicios fueron de paseos, luego vino la bicicleta, después se lanzó a correr hasta dejar de sentir las piernas… fue proponiéndose nuevos retos hasta que, cuando quiso darse cuenta, se había convertido en un adicto de la aventura y la naturaleza.

Tantas veces paseó o pedaleó rozando aquellas rocas gigantes que escoltan la ciudad de Cuenca sin a penas apreciarlas que nunca imaginó que algún día se llegaría a sentir dueño de ellasNines fue el vínculo común que acercó a Ángel a este grupo de escaladores aficionados. Unos llevaban bastante tiempo colgándose de aquellas piedras y otros menos… lo que la vida les permitió. Pero todos coincidían en una cosa: evadirse de sus vidas en las alturas y buscar la sensación de libertad.

Ángel prepara su mochila, bocadillos, cerveza y un par de chistes. El otoño ya se está llevando el poco calor que dejó el verano. La temperatura es ideal para dejarse sorprender por la naturaleza que esconde Cuenca. En dirección a la Hoz del Huécar, camino de Paúles, el grupo anticipa lo que les deparará la tarde. Asier, hijo de Nines, y benjamín del grupo, da instrucciones como si se tratara de un guía turístico. Las riendas de la excursión las lleva él. Lleva varios años en el rocódromo de Cuenca entrenado técnicas y habilidades sobre la roca que luego pone en práctica ante la majestuosidad de las piedras de la sierra.

Paúles es el lugar elegido por nuestros escaladores. Enfrente de las famosas Casas Colgadas sube una empinada carretera que lleva hasta este lugar. Ángel, aunque un poco aturdido con todo el material que estaba conociendo, no se dejaba sorprender con facilidad. Él ya se veía arriba, en lo más alto. Quería volar, ¡ya!

Vías de escala

La vía de Pi, Manolo Martínez, Penetrador a golpes, Pezón de fresa. No son los títulos de los chistes de Ángel. Con estos nombres algún día algún escalador bautizó las vías de escalada que hay en Paúles.

Arnés en la cintura, magnesera para evitar el sudor de las manos y los pies de gato. Así se les llama curiosamente a los zapatos de escalar. Deben venir justos al pie, pequeños a ser posible. Los pies deben buscar su sitio en la piedra, aferrarse a ella e impulsar el cuerpo en busca de otro hueco al que agarrarse.

Fermín es el asegurador de Ángel. Al pie de la roca, arnés rodeando su cintura, sujeta la cuerda que acompañará a Ángel en su ascenso y que, al mismo tiempo, une a escalador y asegurador. Es una vía 7a. Carece de dificultad, la suficiente para el primer contacto de un principiante. Visualiza los cuatro puntos donde apoyar sus extremidades en el primer impulso y, dejando atrás tierra firme, se agarra a la piedra. La escalada no es un deporte de competición, la competición es con uno mismo. Generalmente, las competiciones se realizan en rocódromos aunque también suelen ser frecuentes los encuentros al aire libre. Además en estas simulaciones de interior, un monitor está pendiente de tu aprendizaje y te enseña las técnicas pertinentes que luego se pondrán en práctica en la piedra de verdad. Es una buena alternativa para los días en los que el tiempo no permite escalar en las inmediaciones de la naturaleza, pero todo escalador ya sea aficionado, principiante o experto, prefiere la mezcla de piedra, aire y naturaleza.

Repor2

Unido cuerpo a cuerpo con la roca era más difícil encontrar las siguientes cavidades donde apoyarse. Ángel concentraba toda su fuerza en los brazos con los que se sujetaba a la roca a la vez que impulsaba todo el peso de su cuerpo hacia arriba. Pronto comprobó que de esa manera sus brazos se cargaban y no podía continuar la subida. Fallos de principiantes. La fuerza es para el boxeo porque en la escalada no hace ninguna falta. Un buen escalador debe ser un maestro de la técnica y la agilidad. Debe coordinarse con uno mismo y todas sus extremidades entre ellas. En este aspecto, se asemeja al baile: todo el cuerpo se mueve con armonía creando movimientos maravillosos. La escalada es maravillosa cuando sabes moverte con agilidad y coordinación haciéndola más fácil que andar.

Los pies de gato cumplían perfectamente su función, se adaptaban a cualquier hueco que Ángel elegía para apoyarse. A medida que iba subiendo miraba hacia los lados, hacia arriba y hacia abajo, dejando atrás a Fermín que le cubría las espaldas en tierra firme. Ángel estaba en manos de aquella roca majestuosa, amenazado por la ley de la gravedad a cada metro que avanzaba, pero no le importaba. A las faldas de una piedra de esas dimensiones somos diminutos pero cuando la escalas, es ella la que se hace más y más pequeña.

A pesar de que las tardes de octubre ya no traen calor, a Ángel le sobraban todas las prendas de su cuerpo. Haga frío o calor, cualquier época es buena para practicar la escalada solo deben evitarse los días que la lluvia haya mojado la piedra. Aunque haga frío la roca no te lo pondrá fácil y entrarás en calor entre esfuerzo y metros arriba.

Ahora el diminuto era Fermín visto desde quince metros de altura. Es curioso decir que Ángel sufre vértigo a las alturas mientras está a más de diez metros del suelo. La escalada se ha convertido en su terapia de choque. No le importa mirar atrás, de hecho desea observar cómo está cada vez más lejos del suelo y más cerca del cielo. No solo se siente seguro porque el material de escalada que lleva aguanta aproximadamente 1500 kilos, si no porque la piedra ya es suya. Mirando hacia abajo podría perder el control comprobando que su cuerpo pende de una cuerda y que la caída cada vez es más grande y peligrosa, pero no. Cuanto más mira hacia abajo piensa, “si he llegado hasta aquí, puedo mucho más”. Y así lo hacía, a una mirada abajo siempre la seguía una hacia arriba en busca de la cima. Ya estaba allí. Se sentó en la piedra con los pies colgando, para no olvidar que la superficie quedó muy atrás. Nunca había respirado aire tan puro y sintió esa sensación de la que tanto había oído hablar a sus compañeros: libertad. Estaba evadido incluso de los gritos de Fermín. Disfrutó de aquel momento como si fuera el último.

Ésta solo fue la primera vía de las tantas que ya ha escalado Ángel. Cuenca es un lugar para escalar reconocido a nivel internacional y lo tenía al lado de casa, al lado de su otra vida de la cual podría evadirse siempre que el cuerpo se lo pidiera.

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Sara Olivares

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