Los bebés que nazcan de ahora en adelante vivirán el último periodo de este siglo. Pero parece que la herencia climática y medioambiental que la humanidad dejará a las generaciones venideras no ha sido lo suficientemente alarmante como para abrir los ojos de los líderes mundiales hasta los últimos años. Para el final de esta centuria, las previsiones son desmoralizadoras, muy preocupantes. Si el ritmo actual de emisiones de gases de efecto invernadero continúa sin restricciones, la temperatura media del planeta aumentará entre 3,7 y 4,8 grados respecto a los niveles preindustriales, que es el punto base de referencia. Por si fuera poco, a ese descomunal calentamiento de la Tierra, estimado por climatólogos, habría que añadirle desastres naturales más frecuentes y más devastadores (ciclones, inundaciones, sequías…).

El cambio climático es un fenómeno del que los científicos comenzaron a hablar en la década de los setenta del siglo pasado. Como recordatorio de cortesía, hay que apuntar que el cambio climático es un suceso provocado principalmente por los gases de efecto invernadero, siendo el dióxido de carbono (CO2) el más destacado. Su acumulación en la atmósfera impide que las radiaciones infrarrojas que calientan el planeta procedentes del Sol salgan al espacio. Así pues, la temperatura terrestre aumenta paulatinamente. Este tipo de gases siempre ha estado ahí, pero actividades como la industria, el transporte o los usos del suelo son los principales culpables de la destrucción de su equilibrio.

Pese a tratarlo como un problema global desde el primer momento, la actividad humana ha ido aumentando progresivamente las emisiones de gases de efecto invernadero a la atmósfera. En 1970, los niveles de CO2 emitidos eran de 27 gigatoneladas anuales. Cuarenta años más tarde, las emisiones rozaban las 50 gigatoneladas. En resumidas cuentas, cuanta más concentración de dióxido de carbono, menos radiación expulsada al espacio y, por tanto, más calentamiento terrestre.

El calentamiento global, además de un aumento de la temperatura media, conlleva desastres naturales más frecuentes y devastadores, como inundaciones, ciclones o sequías. // Foto: Creative Commons
El calentamiento global, además de un incremento de la temperatura media, acarrea el aumento de la frecuencia y la devastación de desastres naturales como inundaciones, ciclones o sequías. // Foto: Creative Commons

Planteado el problema, es momento de hablar de lo que supuestamente debería ser el primer paso para la mitigación del daño que se le ha ocasionado al planeta durante la etapa industrial. Recalco la palabra mitigación porque el deterioro provocado al medio ambiente es irreversible. No se puede evitar que la temperatura media global continúe en aumento, pero el objetivo de los representantes de los 195 países que se reunirán en la cumbre del Clima de París, que comienza el próximo día 30, es limitar ese crecimiento para evitar desastres naturales mayores.

A la XXI Conferencia de las Partes (COP 21) de París acuden los países firmantes de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático, tratado firmado en 1992 donde se reconocía la importancia del calentamiento global. La reunión, que durará hasta el 11 de diciembre, busca un acuerdo que sustituya al Protocolo de Kioto y que empezaría a ponerse en práctica en 2020. Los esfuerzos de reducción de emisiones que se les pedirán a los firmantes tienen como objetivo que el aumento de temperatura global a final de siglo no sea superior a dos grados.

Para no volver a caer en el error de Kioto, que fue la no inclusión de las grandes potencias emisoras (EEUU no quiso asumir las reducciones que se le imponían y China ni siquiera se incluyó al no considerarse un país desarrollado), esta vez los estados participantes han presentado compromisos voluntarios de reducción de emisiones. Más de 170 países ya lo han hecho, incluidas las grandes potencias económicas mundiales. No obstante, el programa de medio ambiente de la ONU (PNUMA) considera que hay una diferencia “abismal” entre las emisiones previstas hasta 2020 y el esfuerzo necesario para mantenerse dentro del margen de dos grados pretendido en la cumbre. Según las estimaciones del PNUMA, en cinco años las emisiones alcanzarán las 53 gigatoneladas, entre ocho y diez por encima del máximo para alcanzar la meta de calentamiento fijada. La cota de aumento, con esas emisiones, se situaría entre los tres y los cuatro grados.

Por otro lado, la vinculación del hipotético acuerdo en París es uno de los puntos de mayor controversia. El comisario de Acción por el Clima y Energía, Miguel Arias Cañete, se pronunció sobre ello: “Un protocolo de París sin ningún acuerdo vinculante es una charla de café, no es nada”. La UE tiene la intención de establecer ciertos puntos vinculantes, como los compromisos voluntarios de reducción de emisiones. Asimismo, China y la Unión Europea proponen la revisión al alza de estos compromisos cada cinco años de cara a ir cerrando la brecha que separa a los países firmantes del objetivo de dos grados. Es necesario apuntar que, al margen de lo que se acuerde en la cumbre, muchas de las iniciativas voluntarias de reducción de emisiones serán llevadas a cabo por los países ya que figuran en la legislación nacional. Todo ello con el objetivo de no frenar la lucha contra el cambio climático aunque no haya acuerdo o este no sea satisfactorio.

La bronca previa de Su Santidad

Fue en el pasado mes de junio. Una personalidad de tal poder de alcance decidió tomar cartas en el asunto. La encíclica del Papa Francisco titulada Alabado seas supuso un verdadero toque de atención para principales gobernantes e industrias punteras. En el texto el pontífice analizaba la unión entre la contaminación y el cambio climático, la desastrosa gestión de la hidrosfera, la inoperancia ante los desastres ecológicos y la preocupante pérdida de biodiversidad.

Jorge Mario Bergoglio, además, señaló con el dedo a los culpables. “Llama la atención la debilidad de la reacción política internacional”, apuntaba. Francisco cargó contra los políticos que esconden bajo la alfombra los problemas ambientales y hacen caso omiso de las advertencias constantes de los ecologistas. También, como no podía ser de otra forma, lanzó un dardo a las grandes compañías industriales y a su voracidad irresponsable por los recursos naturales.

El Papa se refería en su encíclica a la Tierra como a una madre que nos acoge entre sus brazos, y mostró su preocupación por la herencia que recogerán las generaciones venideras, augurando que “podríamos dejarles demasiados escombros, desiertos y suciedad”. Calificó al planeta como “un inmenso depósito de porquería” en un futuro próximo si no se reacciona.

“Llama la atención la debilidad de la reacción política internacional y la voracidad irresponsable de las grandes compañías por los recursos del planeta”

Francisco concluyó tajantemente con unas palabras dedicadas a París: “El sometimiento de la política ante la tecnología y las finanzas se muestra en el fracaso de las cumbres mundiales sobre medio ambiente. Hay excesivos intereses particulares y las intenciones económicas prevalecen sobre el bien común con excesiva facilidad”.

Representación conquense en París

A la COP 21 no solo acudirán políticos. También asistirán asociaciones ecologistas que representarán la voz de la ciudadanía. Greenpeace  ha seleccionado a siete “héroes” o portavoces para llevar a cabo ese papel. Entre esos siete privilegiados se encuentra Carolina Herrada, una veterinaria y truficultora procedente del pequeño pueblo conquense de Salvacañete. En declaraciones al programa Castilla-La Mancha Hoy de RCLM, se mostraba “sorprendida todavía” por la elección.

Carolina explica de la siguiente manera cómo “convenció” a Greenpeace para que la incluyesen en el viaje a París: “Han realizado una campaña en la que escogen a personas que representan cada una de las partes del planeta. Como voz de la tierra, se me ha escogido a mí. Toqué muchos temas, pero es muy significativo que el producto que yo estoy apuntando que está desapareciendo, la trufa silvestre, es un producto que viene de la tierra”. La veterinaria continuaba argumentando: “Lo que nos está afectando tanto a mi marido como a mí (él es agricultor) ya no es solo la destrucción de la trufa silvestre, sino también del terreno agrícola. Hay años en los que él no ha obtenido casi cosecha, pero es que también el problema está afectando a nuestros animales truferos, los perros, en el sentido de padecer enfermedades”. A ello, Carolina añade: “También hablé sobre enfermedades que están afectando al ganado ovino, como la lengua azul. Son enfermedades transmitidas por vectores y que tienen mucho que ver con el cambio climático”.

Carolina Herrada, la veterinaria y truficultora de Salvacañete que representará a Greenpeace en la COP21 de París. // Foto: heroesporelclima.org
Carolina Herrada, la veterinaria y truficultora de Salvacañete que representará a Greenpeace en la COP21 de París. // Foto: heroesporelclima.org

Asimismo, Carolina Herrada entró a valorar las evidencias del cambio climático en el paisaje de Salvacañete: “Llegará un momento en el que nos tendremos que ir porque no tendremos recursos. Cualquier persona puede ver cómo está el nivel de los ríos, cómo se han secado acuíferos… Por ejemplo, durante estos últimos años la gente tiene que llevar agua a su ganado, a un ganado que tenía fuentes históricas. Hace años los animales podían beber agua ahí y ahora no”. Además, Carolina aprovechó para denunciar la falta de voz de la población del mundo rural: “Todos estos hechos en principio no se oyen. Por ejemplo, la ganadería ovina, la ganadería extensiva y la truficultura son sectores sin voz. Por eso creo que me ha escogido Greenpeace. He tanteado tanto zonas rurales como urbanas, y en los centros urbanos la gente no es consciente de este daño, mientras que aquí lo sufrimos día tras día”.

Carolina se marcha a París del 10 al 13 de diciembre, sobre todo con la vista puesta en la multitudinaria manifestación contra el cambio climático del día 12, aunque tal y como ella afirma, todavía no tiene claro su papel: “No sabemos qué es lo que vamos a hacer realmente”.

“Creo que me ha escogido Greenpeace porque represento a sectores sin voz. He tanteado zonas rurales y urbanas, y en los centros urbanos la gente no es consciente del daño provocado al medio rural”

Para concluir, no está de más aportar ejemplos que dan evidencias de la acción del cambio climático en España. Por ejemplo, en el Valle de Vinalopó (Alicante), donde se da una hábitat natural único para el cultivo de las uvas de la suerte, el desbarajuste climatológico provoca que el calor se alargue en el calendario y que las lluvias caigan en los momentos menos esperados. Por lo tanto, la uva se echa a perder debido a los ataques de plagas que encuentran comodidad en los ambientes húmedos y cálidos.

Todos conocemos La Manga, ese brazo de tierra que separa Mar Menor y Mar Mediterráneo en Murcia. Desde hace tiempo mucha gente reclama poner el freno a la sobreurbanización en la zona. No solo para proteger su valor natural, sino también por las previsiones de subida del nivel del mar que amenazan a una zona tan vulnerable geográficamente. Está previsto, en el mejor de los casos, que para 2040 habrá retrocesos medios de playa cercanos a los tres metros en las costas cantábrica y canaria; de dos metros en el Golfo de Cádiz y de entre metro y medio y dos metros en el Mediterráneo.

Otro caso preocupante es el del fondo de nuestro tan familiar Mar Mediterráneo y el caldeado de sus aguas. Especies de algas tropicales encuentran aquí su nuevo hogar. Llegan a través del Canal de Suez o del Estrecho de Gibraltar y compiten con las autóctonas por el espacio, la luz y el alimento. Ello conlleva una pérdida de la biodiversidad considerable, además de complicar el turismo de buceo.

Por último, toca nombrar la anomalía en el Delta del Ebro. El calentamiento de la atmósfera caldea la bahía hasta el punto que las crías de mejillón que se desarrollan en las estacas de dicha zona mueren asfixiadas. A partir de 27ºC, el criadero perece. Además, el mar avanza tierra adentro por el calentamiento, salinizando los acuíferos y echando a perder parte de los arrozales.

Son ejemplos actuales del daño que ya se le ha generado al medio ambiente. Y son ejemplos próximos, que quizá nos toquen más la fibra que otros que veamos en zonas más alejadas. ¿Suponen suficiente trauma para empezar a actuar o pensamos en dar una herencia todavía más arruinada a las generaciones que vienen? La cumbre de París podría tomarse como un reflejo de la respuesta.

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