El sol había abandonado Cuenca desde hace unos días, sin embargo la jornada se presentaba gélida y soleada. Pero poco importaba las inclemencias meteorológicas entre las paredes del Aula Magna de la Facultad de Bellas Artes. El auditorio se llenaba con celeridad y el tiempo atmosférico ocupaba el trending topic de las conversaciones de los asistentes. La jornada sobre nuevas utopías empezaba tarde y los ánimos se caldeaban.

El aula hacía honor a su apellido. Las hileras de asientos se contaban por decenas, aunque hubiera bastado la mitad para albergar al público. Un apoteósico estandarte de terciopelo brocado inscrito con el nombre y el escudo de la universidad presidía la sala. La confección barroca del estandarte me retraían a una época pasada. Sin embargo, la luz artificial de las pantallas de los ordenadores me traían de vuelta a la realidad.

El vaivén de profesores había comenzado y como si de un desfile de moda se tratara los profesores ocuparon la primera línea del aula. En la lejanía, una figura anciana asomaba detrás de un rostro familiar. Dos hombres recorrieron el pasillo que dividía el aula en dos partes y ascendieron al estrado. Mientras, los profesores tomaron asiento y los alumnos siguieron su ejemplo. Todas las miradas se dirigían ahora hacia la parte más elevada del salón

Un sepulcral silencio se adueñó de la sala. La diana de todas las miradas era Antonio Fernández, profesor de la Facultad de Periodismo. Fernández inauguró la conferencia con el elogio a la protesta que habían realizado un veintenar de alumnos la noche anterior. Las palabras de Fernández parecían invitar a los alumnos a abandonar el salón, pues para ese mismo día se había convocado una huelga de estudiantes. A pesar de la invitación de Fernández nadie abandonó el aula.

Fernández agotó los halagos hacía los alumnos disidentes y cedió la palabra a su acompañante. Era turno para Francisco Jarauta, catedrático de Filosofía de la Universidad de Murcia. El profesor Jaruta lucía un pañuelo negro de lana anudado al cuello y una grisácea melena rizada. Ahora la conferencia empezaba de verdad, hasta entonces la única utopía que rondaba en mi cabeza era la puntualidad. La voz pausada y silbante del profesor Jarauta no tardó en ganarse la confianza del público.

El profesor saltaba de un tema a otro con una facilidad pasmosa. En menos de quince minutos había pasado de hablar sobre los avances tecnológicos a los nuevos usos del dedo pulgar. Pero más allá del tema, el humor era el protagonista de sus palabras. La risa del profesor se contagiaba con facilidad al rostro de los profesores. Jarauta y los docentes parecían compartir un idioma vetado para los alumnos, pues el auditorio guardaba silencio mientras los profesores sufrían repentinos ataques de risa.

Las risotadas de los profesores se convertían en carcajadas generalizadas por momentos. Si la capacidad del profesor Jarauta para cambiar de tema era asombrosa, más sorprendente era su facilidad para cambiar de registro. El catedrático era capaz de matar de risa al auditorio y a continuación lanzar una impactante reflexión. Del mismo modo, el rostro del público acompañaba el cambio de registro del profesor Jarauta.

A excepción de los profesores, nadie parecía entender la conferencia. Mis compañeros se preguntaban unos a otros ¿te enteras de algo? Sin embargo, en Twitter los alumnos replicaban como loros las palabras de Jarauta. Los twetteros parecíamos entender el discurso del catedrático, no obstante se trataba de fingir un papel. Medio punto estaba en juego, el profesor de comunicación institucional nos había prometido la recompensa si tuiteabamos durante la conferencia. La calidad de los tweets importaba menos que la cantidad

El profesor Jarauta finalizó su conferencia con una pregunta: «¿Por qué triunfó el renacimiento ?» Una cuestión sin respuesta, pues la moda impuesta de “no preguntas” en las ruedas de prensa se extendió a la conferencia. La organización del evento elidió el espacio para interpelar al profesor, un grave error. El aplauso de rigor puso el punto y final a una extraña conferencia donde el humor y el desconcierto se dieron la mano.

La sala retomó el ruido como medio de expresión. El público abandonó el hemiciclo y solo una manada permaneció enclaustrada en el aula. Antes de la siguiente ponencia teníamos un pequeño descanso. Algunos lo aprovecharon para hablar con Jarauta o reponer fuerzas en la cafetería de Bellas Artes, otros para consumir su vida al ritmo de un cigarrillo.

El descanso se había terminado. En el estrado se encontraban como jueces: Antonio Laguna, decano de la Facultad de Periodismo, Francisco Javier Espinosa, profesor de filosofía en la UCLM y José Ramón Alcalá, Catedrático de la Facultad de Bellas Artes. El primero en tomar la palabra fue Antonio Laguna quien alabó al profesor Jarauta. La condescendencia hacía el profesor Jarauta alcanzó su cénit cuando Laguna intentó responder la pregunta de Jarauta. El decano respondió “el renacimiento triunfó, porque existían genios humanistas como el profesor Jarauta»

Laguna cedió la palabra a Francisco Javier Espinosa quien aportó contexto filosófico a la cuestión de las utopías. La ponencia de Espinosa se convirtió en una clase improvisada de filosofía. Espinosa repasó la vida biografía de conocidos filósofos como Rousseau, Voltaire, Bentham, Hertz. El publico se había reducido a la mitad desde el descanso. Las jornadas habían ganado en tranquilidad y aburrimiento. Aunque, faltaban unos segundos para que la conferencia se pusiera interesante.

José Ramón Alcalá tomó la palabra. El profesor de Bellas Artes se proponía analizar cinco ciberutopías. Sin conexión alguna, Alcalá hablaba sobre chatroulette. La idea de hablar sobre una página de intercambio de webs con alto contenido sexual no pintaba bien. Las sospechas se confirmaron cuando Alcalá confesó haber mantenido relaciones sexuales en chatroulette. Alcalá dejó sin respiración al auditorio, el propio silencio había enmudecido. El mutismo fue llenado por una risita nerviosa de Alcalá, quien miraba de un lado a otro como una peonza.

La sorpresa de los alumnos contrastaba con la impasividad de los otros ponentes. Alcalá comprobó durante un segundo la reacción de los profesores y los alumnos. La sala recobró el aliento, pero la cara de los alumnos escenificaba la sorpresa. Miré a mi compañera y ella, al mismo tiempo, me miró a mí. Los dos compartíamos la misma expresión, cabeza semi inclinada, ojos abiertos y una diminuta sonrisa en la boca.

El anuncio de Alcalá había eclipsado el resto de la conferencia. Los alumnos estábamos inquietos comentábamos entre susurros nuestro asombro. El reloj marcaba las dos menos cuarto, la conferencia iba con retraso. La mesa redonda estaba a punto de concluir, pero era demasiado tarde para mí. Me levante del asiento, recogí mis cosas y junto a un grupo de alumnos abandoné el aula. Así me despedí de la Facultad de Bellas Arte y su embriagador perfume a pintura.

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