Un campo de multitud de superficies: de césped verdoso, de duro cemento, de brillante parqué maderado, una pista roja de caminos laminados de blanco en redondo, de agua cristalina rota por brazadas. Campos. Los nuestros, aquellos a los que enmarcamos, por alguna u otra condición, bajo el mismo paño ondeante con colores rojigualdos que nos hace presentes de la misma nacionalidad. Esos campos.

Terrenos cambiantes en los últimos tiempos que abandonan la dictadura del género masculino para dar cada vez paso al éxito de la mujer. Focos que cada vez, y con mayor asiduidad, van encendiéndose para iluminar a estrellas- ellas- pero sólo al final, sólo cuando lo hace el resto de focos del mundo.

Y ahí entramos, exigiendo lo nuestro, surcando la multitud de interesados, quizás con un grado de interés tan reciente como el nuestro o quizás ya conocían y hablaban de esa estrella en un país y en un idioma muy distinto, y mucho antes de que colgara de su cuello un metal que la hiciera reconocedora de su gran esfuerzo. Nos da igual, entramos en tromba, exigiendo nuestra pieza llena de patria y sensacionalismo: “Mirad, ¡es ella! ¡es de mi país! ¡Ella lo ha conseguido!”.

Se encienden más focos y más pantallas. Se hacen entrevistas donde una solitaria mujer, llena de cicatrices de esfuerzos únicos y patrocinadores minoritarios, es maquillada ante cámaras de grandes medios para mostrarla como una princesa de cuento. Una princesa que aprovecha los pocos segundos que se le conceden para morder manos: las manos de aquel que nunca estuvo cuando cogió la raqueta en su primer torneo profesional; las de aquel que no informó de que tuvo que exiliarse en busca de mecenas extranjeros para poder seguir siendo la élite de su deporte; las manos de presidentes de asociaciones deportivas, beneficiarias de montantes de dinero estatal, que prefirieron destinar apoyo a campos llenos de focos y patrocinadores privados en lugar de incentivar el progreso de esa estrella creciente. Esas manos.

Palabras a mi mismo
Portada del libro «Palabras a mi mismo». Fuente: Casa del libro.

Hugh Prather en su libro Palabras a mí mismo escribe: “Después de haber escrito este libro se lo conté a varios amigos. Su respuesta fue de lo más cortes y tibia. Más tarde pude decirles: ‘El libro será publicado’. Casi todos dijeron: ‘Estamos orgullosos de ti’. Orgullosos del resultado, pero no de la acción”. Me parece como mínimo una perfecta metáfora del trato que realizan los medios a estas nuevas protagonistas del deporte de élite. Ellos, orgullosos de su resultado, de sus medallas, de sus campeonatos, pero no de su acción. Ellas, luchadoras de una oscuridad que cada vez se ve más iluminada.

Anna Cruz, Mireia Belmonte, Garbiñe Muguruza, Carolina Marín, las chicas de la selección española de futbol… abanderadas de un cambio. Un cambio real, un cambio que va a más, un cambio que no se quedará en algo más que en una papeleta electoral, un cambio que los propios medios están empezando a asimilar, pero que aún le queda mucho camino. Un cambio que vosotros, periodistas y compañeros, debéis ayudar a conseguir. Ellas son el cambio.

Mario Gómez.

Mario Gomez

Mario Gomez

Cuando la gente flipa porque quitas y pones el acento andaluz como si tuvieras un botón mágico.

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