La obra de los estudiantes extranjeros dejó sin palabras a todo el público de la Iglesia de San Miguel

El pasado 23 de octubre, gracias a la Asociación de Amigos del Teatro de Cuenca, tuvo lugar en el casco antiguo de Cuenca un conjunto de tres obras cortas representado por los alumnos del Instituto Bilingüe de Miskolc, en Hungría. Se trata de un joven grupo de teatro que, dirigido por uno de sus profesores y bajo el título ¡Que vienen los húngaros! trató de hacer llegar al público un mensaje de crítica social. Así, las tramas de las distintas obras se basaron en las injusticias y las desigualdades entre personas que hoy en día se dan en todos los puntos geográficos del mundo. Germán, el profesor de los chicos, aseguraba que el instituto se encuentra, junto con otros siete, dentro de un programa mediante el que representan sus obras de teatro en diferentes países y en lenguas diferentes a la suya, lo que aporta a los alumnos una gran riqueza cultural. Los actores, por su parte, aseguran que la decisión de estudiar el idioma español, al igual que la de unirse al grupo de teatro, es suya: “Tienes una compañía que te hace sentir bien, te diviertes con ellos y además puedes dar algo a la gente, puedes mostrar algunos sentimientos”.

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Representación de la primera obra. Fotografía: Frida Reyes, Makingdos.

La primera obra, titulada El tercer huevo, trataba sobre las diferencias que existen entre un país rico y otro pobre. Los actores dejaron claro que estas diferencias no existen en realidad, pero que las creamos nosotros mismos mediante prejuicios y estereotipos. En la obra, que se desarrollaba en un estanque, los patos ricos trataban de averiguar qué huevos eran como ellos y cuáles provenían del país pobre, pues pensaban deshacerse de estos en cuanto estuviesen seguros. Cuando todos los patos nacen, sin embargo, nadie es capaz de distinguir a los de un país de los del otro. Se trata de una representación sencilla pero muy bien estructurada que se hizo comprensible para todos los asistentes. Al final, los húngaros consiguieron dejar sin habla al público, que al darse cuenta de todos los estereotipos que tenemos hacia aquellos a quienes consideramos distintos (a lo que ayudan las políticas actuales) acabó conmovido. La escenografía no fue más que una pila de sillas que componía la frontera entre estos dos lugares y algunas melodías que, intermitentemente, complementaban la obra. Esta pobreza en cuanto al atrezo es perfectamente comprensible al tratase de un grupo integrado por los alumnos de un instituto que no disponen de la economía suficiente para igualar a una compañía de teatro profesional. Sin embargo, esto bastó para mostrar al público a idea que antes señalábamos sobre las desigualdades sociales que se dan, sobre todo, en los países occidentales.

La segunda obra narraba las diferencias que seguramente se darían entre dos niños con una historia similar en lugares diferentes del mundo. La crítica que se dejaba ver no era, quizá, demasiado diferente de la que los estudiantes húngaros mostraban en la obra anterior. Por el contrario, sí que cambió el formato: esta vez los actores se expresaron mediante gestos que, acompañados de una voz en off que relataba la historia, componían una coreografía perfectamente coordinada. Aunque la obra concluyó con un gran aplauso de los asistentes, El niño que coló una pelota en el cielo se hizo más difícil de comprender por la falta de diálogos o alocuciones. De las tres representaciones que compusieron la obra esta fue la más corta, aunque sin duda, la que más esfuerzo supuso para los actores, tanto en el momento de la obra como en los ensayos previos.

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Representación de la última obra.

La última de las obras, El tercer camino, se presentaba con paraguas decorados por los propios actores. La historia se ambienta en un pueblo del que salen tres caminos: una lleva al río, otro al templo y otro que nunca ha explorado nadie. Los protagonistas, cansados de hacer lo que los demás creen que deben hacer, eligen empezar a caminar por el tercer camino aun sin saber lo que allí les espera. Esta vez es otra cuestión la que se pone en tela de juicio: lo clásico, lo normal. Los chicos pretenden resaltar la idea de los grandes premios son para la gente que se atreve a innovar, que hay que acabar con las barreras que nos impiden arriesgar. Se trata de animar al público a no seguir las convenciones sociales, ya que es la única forma de encontrar lo que los demás no pueden. Es hora de eliminar el dicho de “más vale malo conocido que bueno por conocer”.

Para finalizar, cabe destacar la gran cantidad de emociones que estos chicos consiguen transmitir con tan pocos fondos y materiales, muchos de los cuales son caseros. Además de estas dificultades y el esfuerzo que realizan para compaginar este afán por el teatro con sus estudios, Germán aseguraba que son ellos mismos quienes elaboran los guiones de sus obras: “Yo pongo el punto de partida pero luego en los ensayos se van modificando”. Otra dificultad añadida es el idioma. Los húngaros estuvieron al a altura, fueron capaces de aprenderse todos los diálogos en español y, como unos auténticos profesionales, lo interpretaron con una soltura envidiable, la representación resultó todo un éxito y la Iglesia de San Miguel quedó emocionada.

Ficha técnica

Tipo de obra: Teatro

Título: ¡Que vienen los húngaros!

Director: Germán Bernardo

Actores: Estudiantes del Instituto Bilingüe de Miskolc, Hungría

Año: 2015

Lugar: Bajada de San Miguel, s/n, Cuenca

Fecha: 23 de octubre de 2015

Hora: 20:30

Duración: 1h

Fotografía principal de Frida Reyes, Makingdos.

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