La película Fahrenheit 451, basada en la novela de homónima de Ray Bradbury y dirigida por François Truffaut en 1966, abarca un tema bastante comprometido que nunca ha dejado de ser actual en la historia del ser humano: el control social. El filme narra una distopía en la que se presenta una sociedad futura no muy lejana, donde el gobierno de un estado ficticio tiene el control absoluto de los medios de comunicación y, como guinda del pastel, no permite la lectura de ningún tipo de libro. ¿Cómo conseguir que una persona no lea? Fácil: cortando el problema de raíz, es decir, quemando todos los libros que existan. Así se presenta Fahrenheit 451, como la historia narrada de una sociedad controlada por los poderes coercitivos de los miembros de la parte alta de la jerarquía social, preocupados de que nadie tenga la oportunidad de leer un libro y, en definitiva, de aprender algo más de lo que puede verse por una televisión controlada y manipulada.

El visionado de Fahrenheit 451 no puede pasar de largo en lo referido a la crítica del sistema de comunicación de nuestros tiempos. Es conocido por todos que, en una época no muy lejana, los libros eran perseguidos y la censura estaba a la orden del día. En esta película, además de que los libros sean quemados, la televisión se instaura como medio rey para hacer olvidar la existencia de la cultura escrita. En Fahrenheit 451, la caja tonta hace referencia a su mote. No es siquiera un medio de comunicación, sino una gran pantalla donde puedes interactuar con los personajes de tu novela favorita, contemplar informativos manipulados o, simplemente, dejar que pase el tiempo.

Por medio de la televisión, el poder controla a las masas y se da lugar a que la cultura escrita ya no tenga cabida en esta sociedad distópica. El gobierno vela por conseguir un ideal de polis en el que ningún ser humano reine por encima de otro en materia de cognición. Se realizan lavados de cerebro diarios por medio de la tele, que se combina con la ingesta de pastillas que se encargan de que “todo vaya bien”. Todo esto da lugar a que este sistema de comunicación haga que las personas se asemejen en gran medida a simples zombis que vaguen sin sentimientos a lo largo de sus días. Retour ligne automatique
No merece la pena hacer hincapié en los periódicos que se imprimen en esta sociedad distópica, ya que solo contienen imágenes sin más, evitando nuevamente que los ciudadanos tengan acceso a una información libre y plural. Esto supone una vuelta a la cultura oral de nuestros antecesores, lo escrito ya no tiene cabida debido a las atrocidades que el Estado comete en contra del conocimiento.

Obviamente, la película tiene un protagonista, Guy Montag. Un hombre de mediana edad que trabaja en el cuerpo de bomberos que, paradójicamente, es el organismo encargado de quemar libros. Montag es un tipo ejemplar en su trabajo, no duda a la hora de coger el lanzallamas cuando es necesario. Pero, hay algo a lo largo de la película que hace cambiar a nuestro protagonista su actitud respecto a la no-lectura. Montag conoce a una pizpireta profesora que resulta ser una apasionada de los libros. Fruto de mantener joviales conversaciones con ella acerca de su gran pasión, Montag empieza a leer. El protagonista deja a un lado el camino fácil del visionado de imágenes televisivas, para andar por el arduo camino que supone la lectura. Curioso el gesto simbólico durante la película, cuando Montag renuncia a utilizar la barra de bomberos que utilizan sus compañeros del cuerpo en caso de emergencia, para empezar a utilizar la escalera de caracol que supone el doble de trabajo. El esfuerzo gana al conformismo.

Similitud con otros filmes y una remota actualidad

Las similitudes de Fahrenheit 451 con otras películas que plantean sociedades distópicas son palpables. El caso de The Matrix es un buen ejemplo. En esta película se presenta una sociedad futurista dominada por ordenadores y máquinas, que obtienen la energía que requieren sus circuitos del complejo sistema nervioso del cuerpo humano. Esto se consigue con el cultivo de la raza humana en grandes cápsulas individuales donde los cuerpos de cada uno de nosotros residen inconscientemente. Dentro de ellas, los humanos se encuentran conectados a unos cables que se encargan de obtener energía por un lado, y de incrustar una realidad ficticia en la mente humana por otro. De este modo, los humanos viven en un mundo paralelo a la realidad que se encuentra en la mente de todos. Retour ligne automatique
La clave está en que en The Matrix no se evita el aprendizaje o el proceso de cognición en los ciudadanos como en el caso de Fahrenheit 451, sino que se transforma directamente a los humanos en simples baterías de energía, y se les obliga a vivir en un sueño hasta el fin de sus días. De todas formas, el resultado es el mismo: hacer de la raza humana algo inservible.

Parece que Ray Bradbury, allá por el año 1953 cuando publicó la novela, no se equivocó mucho al simular la sociedad futura que se refleja en Fahrenheit 451. En la actualidad, países orientales como sucede en el caso de China, todavía viven en una sociedad muy parecida en grandes rasgos a la vista en el filme. Esto atenta contra los derechos humanos y de la libre información y, por tanto, debe erradicarse. Esperemos que sin ayuda de un lanzallamas.

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